Recuerdo un verano

José Luis Lausín

SOCIEDAD

Recuerdo un verano, el del año 1946. Yo tenía 14 jóvenes e inexpertos años y era fácil de convencer por parte de muchachos menos inocentes y más espabilados que yo. Entre los últimos había uno que era «la piel del diablo», se le ocurrían las mayores trastadas, muchas de ellas para desesperación de sus mayores, que lo sufrían lo suyo. Este personaje era mi amigo Sanfrutos, compañero de colegio y pupitre. Con 16 años de edad, pelo largo, rubio, revuelto y rizoso, tenía cara de lechuza y era muy revoltoso e inquieto. Eran los últimos días del curso escolar y yo llegué a mi cole como de costumbre. A la puerta vi a Sanfrutos esperándome con cara pícara. «Oye», me espetó. «Hoy nos grillamos las clases, ¡que se fastidien!». Y echó a andar como si todo hubiera sido hablado y planeado previamente. «¡Vamos, sígueme!». Nos alejamos del cole y también de la ciudad, pasamos por un pequeño pueblo llamado Villaobispo de las Regueras, llegando, finalmente, al río Torío. Cerca de allí había un puente, pero mi amigo prefirió vadear el río para que la aventura fuera más emocionante. No sabíamos nadar ninguno de los dos. El río bajaba caudaloso por la nieve que todavía había en la cercana montaña y nosotros estábamos vestidos y calzados. Antes de llegar a la mitad del cauce ya sentíamos la fuerza del agua en nuestras piernas, hasta que un poco más adelante perdimos el equilibrio y caímos. Viendo que mi amigo había conseguido incorporarse con la habilidad que le caracterizaba, lo llamé y este acudió presto en mi ayuda, en ayuda del infeliz chaval erróneamente criado y educado, quizá por circunstancias de las que no culpo a nadie. Y que aquel día estuvo a punto de morir ahogado en un río mientras sus padres le creían en clase y su viejo profesor notaría su falta en el aula. Mi amigo me acompañó al domicilio de mis padres, ya que yo me encontraba en un lastimoso estado, y pidió perdón por la diablura, que maldita la gracia que les hizo. Seguidamente se marchó a su casa para tratar de justificarse ante los suyos. Con el paso de los años, nuestras vidas han transcurrido por diferentes caminos. A día de hoy, y con ochenta años a mis espaldas, desconozco qué habrá sido de él, pero ese día sí que aprendí el valor de la amistad. ¡Gracias Sanfrutos, eras mi amigo con cara de lechuza!