12 años.
Lousame
Me encontraba en aquel habitáculo frío y despiadado donde no llegaba ni el más mínimo rayo de sol que acechaba a esas horas del día, y allí estaba yo.
Ni más ni menos, encerrado sin saber la respuesta a la pregunta ¿por qué? Convencido de que la encontraría me puse de pie y seguí hacia delante.
Nada más dar el primer paso, una tabla del suelo viejo y maltratado de madera empezó a temblar, y yo sentí una extraña sensación de frío que me recorría todo el cuerpo.
Era el miedo, se estaba apoderando de mí y no lo podía consentir. Con toda mi valentía afronté mis miedos y grité ¡socorro! Con el poco oxígeno que tenía en el cuerpo.
A juzgar por lo cansado que estaba, llevaría doce horas sin comer.
No podía mover ni el más mínimo músculo, ni siquiera tenía saliva en la boca para decir una mísera palabra.
Demasiadas preguntas sin resolver para quedarse allí quieto y tirado, y lo peor, cómo subsistir ante la inexistencia de comida y agua.
Ni yo ni mi estómago podíamos más. Cuando ya estaba en el abismo, un trozo de pan y un vaso de agua fueron lanzados hacia mí por la ventana casi bajo tierra.
Al principio me entraron dudas sobre si lo podría comer o no, pero era la última oportunidad y tenía que hacerlo.
Aunque esta vez hubo más nerviosismo que miedo, me dispuse a meter el minúsculo trozo de pan en la boca. Vi pasar toda mi vida ante mis ojos.
¡¡RIIING!!
Sonó el despertador. Todo era un sueño, pero un sueño demasiado real.
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