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gallegos solidarios En el infartado corazón africano

En uno de los diez países más pobres del planeta, la viguesa Susana Balo participa en un programa de lucha contra la malaria, el sida, la tuberculosis y el olvido del Norte

Autor:
Rubén Santamarta
Fecha de publicación:

En la capital de Serbia vio las carencias del que había sido uno de los mejores sistemas sanitarios de Europa. En Etiopía, la importancia de la higiene y del acceso gratuito a la sanidad. Y ahora en la República Centroafricana, que una de las peores enfermedades es el olvido. Por el medio, un centro hospitalario de primera como el Meixoeiro de Vigo. Alguna cara y mucha cruz en los últimos años, repartidos por Europa y África. La médica Susana Balo dice que a ella «simplemente» no le gusta «ver sufrir a la gente». Y dice también que esa idea «se puede aplicar en cualquier parte, no hace falta recorrer cientos de kilómetros para ayudar».

Ella cumple ahora con esa idea en el corazón del continente más empobrecido del planeta, en uno de los programas más extensos de Médicos Sin Fronteras. «Cuando me dijeron el destino admito que en el mapa del país no lo tenía muy claro, pero tenía una pista, su propio nombre», aclara. Es la República Centroafricana, uno de los diez países con peores tasas de mortalidad, educación, acceso sanitario... «Dada la situación de conflicto y la eterna inestabilidad política del país, no es un destino donde quieras que tu hijo vaya, y cuando se lo comuniqué a mis padres insistían en lo negativo de la decisión para que cambiara de opinión», relata. No lo hizo. Se había preparado ya con cursos de medicina tropical y tenía sus objetivos claros.

Casos como el secuestro de tres cooperantes catalanes en Mauritania no ayudan a cambiar ese cierto temor de familiares y amigos. «No tengo miedo a que me suceda lo mismo porque aquí [en la República Centroafricana] la situación es distinta. Hay muchos grupos rebeldes y gente armada que se dedica al pillaje en los caminos, que quieren dinero rápido, pero no están lo suficientemente bien organizados para que exista la posibilidad del secuestro».

El pueblo de Batangafo, en el norte de aquel país, es su destino desde mediados de agosto. Allí, durante casi diez horas al día no hay apenas pausa. El inicio fue difícil: «Te tienes que adaptar a un ritmo de trabajo bastante intenso, una rutina diaria diferente... Y sobre todo porque empecé trabajando en pediatría en pleno pico de paludismo, por la época de lluvias, que es cuando el mosquito que transmite la malaria puede reproducirse más fácilmente». Y sin poder evitar, explica, que «o bien por llegar tarde al hospital o por complicaciones secundarias a la enfermedad, algunos niños fallezcan». Eso es lo peor. «Entonces te planteas si, dentro de las limitaciones de tratamiento de las que dispones en el terreno, tú has hecho todo lo que podías». Nunca se sabe a ciencia cierta.

Pediatría, cirugías...

Su trabajo, y el de sus compañeros, comprende atender hasta a cien niños en la sección de pediatría, cirugías de urgencia (cesáreas o hernias complicadas), obstetricia y ginecología, servicio de tuberculosis y VIH... Y atender males que suenan a exotismo en el Norte y que, por ello, aquellos que pueden (los países ricos y las grandes farmacéuticas) tienen en un cajón, dormidas. «Las enfermedades olvidadas afectan a una gran parte de la población mundial y su gasto farmacéutico para la investigación es ínfimo, como tuberculosis, malaria, enfermedad de Chagas en América...». Donde ella trabaja hay una especialmente dura, la tripanosomiasis humana africana. «Se extiende en pequeños focos de algunos países de África y provoca alteraciones del comportamiento, somnolencia diurna... Las propias familias discriminan a sus enfermos».

En total, el centro de salud atiende a unas 26.000 personas, junto a otros cuatro puestos de salud periféricos, uno de ellos a 55 kilómetros. «Atendemos a todo aquel que necesita atención, sin importar origen, etnia, religión... Es un no parar» que se compensa con detalles como que «simplemente por un saludo la gente te sonría y te dé las más sinceras gracias».

 

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En el infartado corazón africano
Susana, en medio de un grupo de niños en el pueblo de Batangafo

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