En menos de 48 horas comenzará la convención sobre el cambio climático cuyo objetivo es avanzar hacia un acuerdo global de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero que sustituya al Protocolo de Kioto. En los últimos años, sobre todo en los últimos meses, los negociadores se enfrentan a asuntos de extraordinaria complejidad técnica y diplomática. No se trata de lograr un acuerdo internacional de limitación de un agente contaminante. Por el contrario, reducir de forma significativa el nivel de emisiones requiere de inversiones que impulsen la transformación de las estructuras energéticas e industriales. Supone un compromiso de transformación radical del propio sistema económico. Esta ingente tarea solo puede abordarse desde una acción multinacional, lo que dificulta la consecución de un resultado final que sea ambientalmente satisfactorio y económicamente viable. Reconociendo las dificultades y desde la convicción de que es preferible un retraso a un mal acuerdo, no debería finalizar la cumbre sin un consenso, al menos entre los países más decisivos, acerca del marco de referencia sobre el que, en un corto espacio de tiempo, se adopten compromisos cuantificados que de forma efectiva contribuyan a mitigar el problema del calentamiento global y sus consecuencias.
Pero nuestro planeta no solo se enfrenta al cambio climático, sino que experimenta un cambio ambiental de escala global e intensidad extraordinaria. Procesos como la extinción acelerada de especies, los cambios en los usos del suelo, la acidificación de los océanos, la alteración a escala planetaria del ciclo del nitrógeno, además del cambio climático, son la consecuencia de la actividad de una sola especie, Homo sapiens . El crecimiento desmedido de la población unido a una creciente capacidad tecnológica, ha derivado en una voracidad sin precedentes en el consumo de recursos y ha alterado el funcionamiento de casi todos los ecosistemas. Este es el producto de la sociedad industrial. Un modelo de sociedad que depende y tiene su razón de ser en el uso masivo de energía y en la transformación intensiva del territorio a cambio, eso sí, de recompensas sustanciosas en términos de comodidad para una reducida fracción de la población humana. La inacción ante este escenario de cambio global es irresponsable. Pero las posibles soluciones solo se imaginan tras el reemplazo del modelo económico y social causante del problema. En este contexto, la cumbre de Copenhague no representará más que un primer paso de un largo y quizás duro camino.