Lo que queda tras 30 años de guerra

SOCIEDAD

Tras una larga sangría, Angola, uno de los países con la esperanza de vida más baja del planeta, «cambia con rapidez», dice Javier López desde su segundo destino africano

16 feb 2009 . Actualizado a las 11:48 h.

El conflicto más largo en África fulminó en tres decenios a un millón de personas, obligó a otros cuatro millones a huir de sus hogares y dejó un paisaje cotidiano que raramente se ve en otros puntos del planeta: el de los mutilados. Hay unos 100.000, un tercio de ellos niños. Y habrá más, es algo que se espera porque quedan aún enterradas miles de minas antipersona. No extraña por ello que sea Angola uno de los países con más baja esperanza de vida. La media no llega a 42 años; en España se llega a octogenario.

Todo eso dejó en Angola una guerra anticolonial primero y fratricida después. «Las personas que viven en las zonas rurales han sufrido de una forma especial la guerra, agravando la situación de aislamiento y las carencias en servicios sociales básicos», relata Javier López Gago, desde hace 10 meses en uno de los quince países más empobrecidos del planeta, cooperando en planes financiados por la Dirección Xeral de Cooperación de la Xunta. Participa Javier en un plan de seguridad alimentaria implementado por la FAO -organización vinculada a la ONU- que existe en casi cien países, «y en el caso de Angola se ha apostado fuerte por la formación de Escolas de Campo, en las que los propios campesinos se agrupan semanalmente, se organizan y aprenden de forma práctica sobre los cultivos, las técnicas...». Ahí es donde centra su actividad este ingeniero agrícola: «En esas escuelas no solo se trata sobre temas relacionados con la mejora de la producción agrícola, también se introducen otros aspectos como la alfabetización de adultos, la organización del trabajo o la sanidad, sobre todo el sida».

Dice que, pese al pasado, las cosas «están cambiando muy rápidamente». «Existe una sensación de esperanza, de novedad, en esta fase de posguerra. Los momentos en los que la gente de una aldea te recibe cantando y bailando son muy gratificantes, es la forma que tienen de manifestar su agradecimiento».

Los precedentes

Disfruta ahora de algo que empezó hace años, ya desde el colegio. Pertenecía de chaval a un grupo de jóvenes que participaban en la ONG Proyde, con personas mayores y otros con discapacidad física. Hasta que en un verano se fue a Túnez con Cives Mundi para la conservación de variedades tradicionales que se cultivan en oasis del sur de ese país.

Aquella experiencia fue en el 2006. Ahora, con más recorrido, la actividad se diversifica. «Dada la escasez de recursos y las condiciones de aislamiento en muchas aldeas, realizamos intercambios de conocimientos entre campesinos y se valorizan los recursos locales que se encuentran a bajo coste, como graneros construidos con adobe, preparados vegetales para combatir plagas o plantas que mejoran el suelo». También se busca el apoyo a centros educativos y cursos de alfabetización de adultos. No es un tema más: la tasa de analfabetismo por encima de los 45 años está entre las más altas del continente africano.

«Los principales problemas son adaptarse a vivir y a trabajar con cortes de electricidad y agua», relata. Y todo se complica ahora, con una crisis económica generada en el Norte, que es una pandemia alimentaria en el Sur. «Por poner un ejemplo -concluye-, al poco tiempo de llegar a mi destino el precio del pan había subido un tercio de su valor».