En una gran mayoría de países del Sur, la desigualdad no es solo cuestión de dinero, sino también de sexo. Esther Lorenzo lleva en esa batalla sus últimos años
Ecuador no es solo el nombre de la mayor circunferencia del planeta. «Es un país privilegiado, por su gente, por sus recursos naturales, por las oportunidades que te ofrece, nunca me lo imaginé cuando llegué», relata Esther Lorenzo. En Ecuador se ha producido un extraño fenómeno demográfico en los últimos diez años: su pirámide poblacional recrea una suerte de reloj de arena porque han desaparecido las generaciones intermedias, las de entre 20 y 40 años. Han emigrado porque, pese a esas oportunidades que recuerda Esther, es el americano un país con dificultades, con un más que considerable nivel de pobreza y de falta de igualdad. Igualdad que no es solo ausencia de un equitativo reparto de la riqueza; que es también discriminación por razón de sexo. Machismo, en ocho letras, que lastra su desarrollo.
De ese país que da nombre a esa gran circunferencia se emigra casi a diario, fundamentalmente a España. Pero a él también se llega. Esther lleva algo más de un año allí, y se quedará hasta fines del 2008, en Portoviejo, provincia de Manabí. «Si por mí fuese, la revolucionaría por completo», dice, centrada en un trabajo que tiene como principales agentes a las mujeres, con el objetivo de mejorar no solo sus condiciones de vida, sino también de erradicar el machismo imperante. «Es realmente gratificante llegar a las comunidades y trabajar con ellas, es impresionante su alegría, sus ganas de trabajar, sus risas? Me motivan para continuar trabajando cada día», relata. «Al principio fue difícil, sobre todo por mi timidez, pero una vez que he cogido confianza, y tras meses de trabajo juntas, reunirme con ellas y apoyarlas en sus iniciativas es lo mejor de mi trabajo».
Trabajo en varias áreas
El proyecto comenzó con la Dirección Xeral de Cooperación de la Xunta y ahora continúa con organizaciones locales y la Agencia Española de Cooperación Internacional al Desarrollo (Aecid). Se centra en el fortalecimiento de las instituciones, de la pesca artesanal, del turismo local, de la agricultura; y en el aumento de las capacidades y autonomía de la mujer, apoyando comunidades sostenidas principalmente por ellas. Ellas, subordinadas, recuerda, históricamente: «La mayoría de las veces no son tomadas en cuenta y ni ellas mismas se sienten con derecho a opinar o manifestar sus necesidades».
El día a día de la niña Esther -como la llaman por allá- es agotador. «Hay que echarle muchas horas para que los procesos salgan adelante, y no solo con los grupos, también mucho papeleo, justificación de todos los gastos? Y hay un aspecto al que no acabo de acostumbrarme, el de la inseguridad ciudadana». El resultado de todo ello es difícilmente cuantificable a corto plazo. «¿Cómo valorar que una sociedad machista va modificando sus estructuras, que valora el rol de la mujer? A largo plazo podrán verse los resultados, en dos o tres generaciones».
Para entonces, para cuando eso suceda, ella tal vez esté de regreso. «¿Que qué me dice mi familia? Pues que cuándo voy a volver». A familiares y amigos se les echa de menos, algo generalizado entre los expatriados. Pero ella establece un matiz: «A mí me gustaría que estuviesen en Ecuador y poder compartir con ellos esta experiencia», concluye Esther.
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