El monte de Santa Trega es, después de la catedral de Santiago, el monumento más visitado de Galicia. La serpenteante carretera, la reconstruida citania castrexa, las impresionantes vistas sobre la desembocadura del Miño... un paraje excepcional donde conviven la naturaleza y los orígenes de nuestra civilización por el que suspiraría cualquier país europeo. En Galicia, ya saben, estamos en otra onda. Aquí la prioridad es el mamotreto de Gaiás o montar un karaoke en la guardería para que los peques aprendan el himno. Por eso a nadie debe de extrañar que en Santa Trega no haya saneamiento ni agua corriente. Un camión cisterna sube cada semana 40.000 litros de agua para garantizar el suministro. No hay vigilancia nocturna. Y lo que resulta increíble es que desde el año 1989 se mantiene paralizado cualquier tipo de excavación arqueológica porque la Administración ha sido incapaz de aprobar un plan director que la regule. Así las cosas, no es de extrañar que unos descerebrados tumbasen la otra noche un muro de este laberinto de la historia. Entre las piedras amontonadas en el suelo se adivinaba ayer cierto fracaso de un país cegado por el titanio del Guggenheim de turno y despiadadamente descuidado con sus orígenes de piedra.