El garaje del edificio con números 21 y 23 de Santa Marta, afectado por una avalancha de tierra el pasado domingo, permanecerá cerrado y fuera de uso hasta que los técnicos valoren si la estructura ha resultado dañada.
Ayer se podía ver en el portalón un cartel que advertía del precinto y en el que se informaba a los vecinos que solo los bomberos podrán retirar los vehículos que todavía quedan en alguna de las tres plantas.
Cerca de trescientas toneladas de tierra y piedras han sido retiradas del aparcamiento, aunque en la última planta todavía hay una densa capa de lodo que la hace impracticable. Sobre la placa del segundo nivel se han instalado puntales, ya que fue la parte que soportó la mayor carga después de desprenderse el talud del instituto politécnico Monte de Conxo.
Los coches más dañados son un Ford K y un Volvo -sobre todo el primero-, ambos propiedad de dos personas que no viven en el edificio y que tienen alquiladas sendas plazas de garaje.
Los bomberos se encargaron de sacar a la calle la mayor parte de los coches. Para lo que pudo ser, los daños en los vehículos son menores.
José Antonio García, padre de una vecina del segundo piso, se afanaba ayer por la mañana en la calle para retirar los restos de tierra de las ruedas de su Rover. Llegó a pensar que el turismo habría quedado inservible, pero se llevó una sorpresa: la única tierra que le entró dentro es la que tenía pegada en las botas el bombero que lo sacó del garaje. Tampoco resultó afectado el motor, por lo que este asturiano se disponía ayer a emprender, junto a su esposa, el viaje de regreso a Viveiro, donde ambos residen.
A lo que no se le ha tocado lo más mínimo es al talud del instituto, que está tal cual como se quedó el domingo por la mañana. La obra para asegurarlo no va a ser fácil, pues se trata de una superficie con mucha inclinación que complicará el trabajo de las máquinas. Sobre todo, si se tiene en cuenta que la parte baja, donde podrían apoyarse las excavadoras, se corresponde con la placa de hormigón del garaje afectado por el derrumbe.
El corrimiento de tierras ha dejado al descubierto un manantial cuya existencia ya se conocía, pero que estaba controlado mediante bombas de achique permanentes instaladas en el tercer nivel.
La zona perjudicada se ha delimitado en el exterior con bandas de plástico, aunque eso no evita que sean multitud los curiosos que se asoman al boquete para ver con sus propios ojos el desastre. Por fortuna, solo ha habido daños materiales; ahora es el turno de las aseguradoras.