El chalé de Roxos, hoy escenario de una película gore, se lo compró el ex presidente Gerardo Fernández Albor a un compañero médico.
Era una casa digna para un profesional de la sanidad, pero ni reunía los servicios ni las mínimas condiciones de seguridad que le hacían falta a un presidente autonómico; señalaba Lois Blanco hace unos años que bastaba con subirse a un eucalipto para que cualquier ventana estuviese a tiro de piedra; hoy, los eucaliptos crecen dentro.
Construida la residencia oficial de Monte Pío, en diciembre del 2002 se anunció que el viejo chalé de Roxos se convertiría en un centro para la reeducación de menores con problemas de conducta. Y así fue hasta entre el 2003 y el 2007, cuando Vicepresidencia la cerró. Cualquiera que pase por allí pensaría que, más que un cierre de un edificio oficial, lo que ocurrió en Roxos fue una huida. ¡Todavía está la comida del último día sobre la mesa!
Sobre una de las columnas de la cocina puede leerse un cartel que colgó con buena intención alguno de los educadores que trabajó allí: «La libertad no es hacer lo que queremos, sino el poder para hacer lo que debemos». Alguien no aplicó la sentencia a la propia casa, cuyas paredes encierran el aliento y los secretos de alcoba de quienes un día gobernaron a todo un país.
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