«Vivo solo en una casa sin agua corriente ni luz»

Nieves D. Amil
Nieves D. Amil PONTEVEDRA/LA VOZ.

PONTEVEDRA

Carlos Bea amanece cada día en una casa de Xeve sin luz ni agua corriente. A sus 61 años sabe lo que es perder la independencia que da una nómina a final de mes. Su vida al borde de la indigencia empezó en la década de los noventa, hasta ese momento trabajó como albañil en Suiza. «Tenía que poner seis bañeras al día y siempre me decía 'Bea que solo son seis' cuando ya iba por la octava», recuerda al pie de la escalera unifamiliar de una vivienda sin servicios que heredó de sus padres.

La morriña le obligó a hacer la maleta en 1989, después «de 15 temporadas en el cantón de Saint Gallen, muy cerca de Austria y Alemania» para reencontrarse con su mujer y sus seis hijos, de los que un año después se separaría. Habla con demasiada tristeza, tanta que de vez en cuando guarda silencio para evitar las lágrimas. Una de sus vecinas, que dice de él que «a pesar de sus defectillos es un buen hombre», se puso en contacto con la asociación Amigos de Galicia para devolverle a Carlos la comodidad de poder abrir un grifo o encender un interruptor. «Ahora le ayudaremos para que pueda solicitar la risga , para que pueda contar con los servicios mínimos para vivir», indica uno de los «padrinos» de Amigos de Campolongo, Suso Busto y José Rodríguez, quien desde el voluntariado se convertirá en una especie de hermano mayor de Bea. «Llevo cuatro años sin luz ni agua en casa», explica. La asociación espera que la próxima semana esté solucionada la falta de luz. Ayer ya se anotó en la oficina de empleo.

Hasta el 10 de agosto, Carlos tampoco tenía Documento Nacional de Identidad. Durante cuatro años estuvo indocumentado. «No tenía nada hasta que mi hija más joven vino por aquí y me dijo que no podía seguir así», explica, mientras señala su pequeña huerta en la que ha plantado judías para poder autoabastecerse. Pero hasta que ese momento llegue, Amigos de Galicia le entrega un paquete de alimentos que debe administrar durante un mes.

Esta cesta de la compra contiene café, queso, pasta, conservas, legumbres, leche y cacao, entre otros productos no perecederos. «A veces voy a comer a casa de alguno de mis hijos o de mis hermanos, pero ellos tienen sus vidas y corren malos tiempos para todos», asegura Carlos Bea, que no puede hablar de sus hijos sin emocionarse.

Desde que llegó de Suiza no ha dejado de buscar trabajo, pero la edad jugó una baza demasiado fuerte en su contra. «Las empresas ya no querían a alguien de mi edad y tuve que sobrevivir haciendo chollos», lamenta. Ahora le quedan otros cuatro años para poder cobrar la pensión de lo cotizado en Suiza, pero «son cuatro años».

Su día a día lo pasa haciendo lo que sabe. Ha recuperado el pozo con ayuda de uno de sus yernos, quien le ha llevado algo de material para que cada día se levante intentando convertir su casa en un hogar.