El empresario y ex concejal del PP durante12 años se inició en el negocio de la construcción en Venezuela y siempre le gustó la política, aunque no en primera línea
28 mar 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Elena Larriba Das un paseo con él por la ciudad y lo saludan hasta las piedras. Arturo Pichel es un hombre entrañable, afable y amigo de todo el mundo.
Este pontevedrés de adopción nació en Forcarei. Segundo de cuatro hermanos, su madre trabajaba el campo y su padre era un buen albañil que emigró a Venezuela. Él le siguió con 18 años y después sus hermanos, Manolo y Pepe. Luis, el pequeño, se quedó «y pudimos darle una carrera». Es ingeniero de caminos, está jubilado y vive en Bilbao.
Su primer viaje a Caracas lo hizo en un avión cuatrimotor que tardó 42 horas en llegar con infinidad de escalas. Allí inició en 1949 su andadura como constructor, sin haber hecho la mili. Y pagó una barbaridad para librarse. «Yo era quinto del 51 y, con Franco, a los emigrantes nos daban la opción de pagar el servicio militar en el Consulado o venir a cumplirlo a España tres años. El 99% no hacían ni una cosa ni otra, pero yo fui siempre muy legal en todo y pagué 17.000 pesetas».
Su padre ya tenía un negocio de construcción y le abrió camino a los hijos en un país «de gran porvenir». Montaron su empresa y trabajaron a destajo, los dos primeros años en Caracas y después en Maturín. Hicieron mucha obra pública para el gobierno (grupos escolares, acueductos, puentes... de todo). «Siempre tuvimos trabajo porque eramos muy, muy cumplidores. Y también tuvimos suerte porque dimos con gente buenísima, venezolanos y españoles, que nos ayudaron, sobre todo un señor de Zamora muy asentado que nos avaló».
Arturo Pichel no vino en nueve años a España y desde 1958 hasta 1981 estuvo a caballo entre Venezuela y Pontevedra. Los hermanos se turnaban cada dos años allí y aquí, cuando ya habían montado en esta ciudad las empresas Hermanos Pichel y Comoca.
«Desde 1981, no construimos más en Venezuela y nos vinimos definitivamente para Pontevedra». Arturo Pichel, no así sus hermanos, tardó en volver 25 años a aquel país. «Fui en 2007 a pasar un mes y ver cómo estaba el panorama». Dice que le encanta Venezuela y sus gentes porque le trataron muy bien y tiene mucho que agradecerles. Y sobre el momento actual, se limita a señalar que lamenta mucho «la situación en que se encuentra ahora», desde la llegada al poder de Chávez. Elude hablar del patrimonio que todavía puedan tener o dejar de tener allí los Pichel y tampoco comentar en general la «invasión» de propiedades de la comunidad gallega en la hoy república bolivariana.
La política
A Pichel le gusta la política de base activa, «sin estar en primera línea». Ya en Venezuela, desde el 58, cuando cayó el general Pérez Giménez, militó en Acción Democrática, partido que gobernó en alternancia con COPEI y URD y que pertenecía a la Internacional Socialista. «Eso me lo preguntó una vez Louro», recuerda.
Instalado en Pontevedra, conectó con AP cuando aún era Queizán alcalde «y sigo en el PP». Estuvo muchos años en la sombra como militante destacado y, aunque siempre tuvo asegurado un puesto en las listas, hasta 1995 no se incorporó a la gestión pública. «Cuíña y Juan Luis Pedrosa me lo pidieron y en principio les dije que no, pero que hicieran lo que quisieran, y me pusieron de 11 en la candidatura a las municipales». Salió elegido concejal y estuvo 12 años en el Ayuntamiento, cuatro en el gobierno y ocho en la oposición. No se arrepiente, sobre todo por los años de gobierno como responsable de obras públicas, que desempeñó con dedicación plena. «Yo como un funcionario, a las 8 de la mañana en el Concello».
Debe ser el único o de los pocos ediles elogiados por las asociaciones de vecinos, y no precisamente afines al PP. «Mi relación con todos los vecinos, muy buena, muy buena; yo intenté atender todas las necesidades que me planteaban sin reparar en ideologías, pero las limitaciones presupuestarias y burocráticas no siempre me lo permitieron».
Igual de bien se llevó y se lleva con los funcionarios y con los ediles de todos los grupos políticos. Hasta Mosquera alabó más de una vez su ética como constructor al destacar que en doce años como concejal evitó acometer proyectos empresariales en la ciudad. Está claro que no iba al Concello en busca de prebendas y la política activa probablemente le costó dinero o dejar de ganarlo. «Yo me conformo con poco», apostilla. Ahora, ya desvinculado del Ayuntamiento, su empresa sigue construyendo.
No siguió de concejal con Telmo Martín, al que reconoce «su valía de hombre hecho a sí mismo», y al respecto aclara que ya había decidido marcharse antes de que fuera candidato a alcalde. «Yo le había dicho a Teresa Pedrosa a mitad del mandato pasado que quería cesar, pero me pidió que aguantase hasta el final de la legislatura y así lo hice, porque ella se lo merecía y porque la aprecio muchísimo».
Amigo personal de José Cuíña, cuenta que le conoció por la caza. «Fue lo que nos unió». Pichel era presidente de la Federación Gallega de Caza y Cuíña de la Sociedad de Caza lalinense. «Yo empezaba la temporada todos los años en Lalín o Rodeiro y, de cazar poco, y comer mucho». «No cazamos muchas veces juntos, intercambiábamos perros».
Esa amistad se fortaleció en lo personal y lo político. Y cuando Cuíña fue defenestrado siguió apoyándolo como sucesor de Fraga frente a Feijoo. «Fui leal a mi amigo, al que Galicia le debe mucho, hasta el final», dice, y no le pasaron factura por eso. «El que ahora va a presidir la Xunta me dijo que lo importante es ser del PP y que todos estamos en el mismo barco». Y Pichel concluye: «Yo nunca pedí nada, al contrario, siempre colaboré con el partido, estuviera quien estuviera».