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26-108


30/11/2016 05:00

Podría ser la referencia de algún tornillo en un almacén de ferretería, una anotación en clave que bien nos podía situar lleva a la calle 26 de La Habana, o a un lado del Hotel Hilton, en la 26 oeste de Nueva York. Pero no. Es bastante más prosaico. Es el resultado de un partido de baloncesto entre chavales, uno de la capital y otro de la provincia. Los números, quizás por una reacción humanamente normal, ponen al lector del lado del aparentemente débil. Pero bien podía también animar a una reflexión, aunque tal vez quienes deberían hacerlo mirarán para otro y dejarán que sus chicos sigan peleando hasta el último segundo para ver si consiguen un resultado aún más abultado, acaso para ver de lograr el mayor desfase que nunca se haya visto en competiciones de infantiles, cadetes, juveniles, o como sea que se encajen las edades. Que es una paliza en toda regla y que había un equipo que jugaba, en el más amplio sentido de la palabra, mientras otro trataba de resistir, parece fuera de duda. Los números cantan. Pero surgen dudas. ¿Fue un abuso? ¿Puede considerarse una humillación? ¿Los que ganaban apretaron porque el cuerpo les pedía jarana o porque alguien, adulto, los empujaba? Reconfortan imágenes como la del corredor que espera al adversario, o se detiene para ayudarlo, dejarlo pasar o entrar juntos en la meta, porque cayó y perdió un tiempo precioso, o porque un descerebrado lo empujó. 26-108. ¿Que hay que preparar a los chicos y potenciar su carácter competitivo? Vale, allá cada cual, pero igual los 420 metros cuadrados de una cancha de baloncesto no son el mejor escenario. La generosidad es un valor que también merece la pena inculcar. Y encima son compatibles.

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Baloncesto La Habana
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