¡Adiós, hipsters! Llegan los twees

Ya están aquí. El revulsivo social que tiene como mantra la dulzura, la educación y la cultura. Te lo cuenta YES, la revista gallega de Gente, Creatividad y Tendencias

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Kurt Cobain. The Smiths. Belle and Sebastian. Walt Disney. El Romanticismo. Zooey Deschanel. Y Ana Frank. Ahora, a buscar la conexión. ¿Les viene algo? ¿No? Oh. Pues la hay. Vaya si la hay. ¿Si les digo twee, qué me contestan? Vale. Que si estoy loca. Pues no. Twee es lo que relaciona todo eso... y más. Twee es la revolución. Y la revolución es apacible. Ya están aquí. Y se están comiendo a los hipsters con patatas. Pero Twee es más que postureo y vintage. Twee es un estilo de vida. Un movimiento social igual o mayor que el del hip hop y el punk. Twee es... dulce. Twee es amabilidad, belleza y tolerancia. Twee es el revulsivo social del siglo XXI. Y ha venido para quedarse.

Lo explica el periodista estadounidense Marc Spitz, que hace un par de meses lanzó su libro Twee: The gentle revolution in music, books, television, fashion, and film en el que teoriza sobre lo que califica para YES como un «movimiento de reacción» ante un mundo que se ha vuelto «más violento y cruel». De hecho, cree que los twees «llegados a este punto son casi una necesidad. Cuanto peor se porta la gente, más necesarios son los twees para enfrentarlo».

Y todo esto, amigos de la belleza y el candor, empezó con Disney. Como lo leen. El compañero Walt, allá por el inicio del siglo XX, decidió que como el mundo estaba hecho una piltrafilla, con guerras mundiales a tutiplén y una crisis que ríete tú de la prima de riesgo, lo mejor era darse a la fantasía. Y creó un universo twee en toda regla. Tanto, que When You Wish Upon a Star, la canción de Pinocho, rivaliza con Moonriver, de Henry Mancini -sí, la de Desayuno con diamantes- como el gran himno twee. Tanto que Mickey Mouse es el primer y más duradero icono twee americano.

Pero, ay, los twees son personas que miran al futuro con un ojo puesto en el pasado. En el pasado, pasado. En el pasado muy antiguo. Porque Spitz afirma que ha trazado la línea en Disney, pero que se pueden buscar reminiscencias twee desde el Romanticismo literario. Colegas, Rosalía de Castro es nuestra primera twee. O por lo menos apuntaba maneras. Porque «cualquier movimiento con artistas que cantan sobre sí mismos y se enfrentan a la fealdad y la crueldad con amabilidad, belleza y tolerancia es twee». Ahí es nada. Resulta que los twees nos llevan comiendo las papas siglos y nosotros sin darnos cuenta. Porque «Ana Frank escribiendo un diario mientras no podía abandonar su escondite a causa de los nazis es twee; los hippies poniendo flores en los cañones de las armas es twee», nos ilustra Spitz. De poco modernos que son los twees, que ya andaban por ahí en el siglo XIX, son lo más moderno que hay.

Cabeza pensante y manos de oro

Que se lo digan si no a María Munín, cabeza pensante y manos de oro de la firma de tocados artesanales -que se pueden ver en esta página- Oh?Meri (ohmeri.com), que ha tomado la determinación de que si se tiene que colgar una etiqueta en esto del moderneo, es la de twee. Porque «me gusta rodearme de cousas bonitas e a cada día poñerlle algo de beleza pero en detalles sinxelos»: unas flores, un picnic, un atardecer... De hecho su pareja le ha repetido más de una vez que es una «coleccionista de solpores». Y no solo eso. Dice Spitz que una buena definición de twee es la de «ser un alma independiente enamorada de los 60». Y María subraya que es una persona que vive más anclada en el pasado, «ou mirando ao futuro» que no presente. «Sempre estou rebuscando nos trasteiros da miña avoa todo o que poida rescatar». Puede que sea un pick up para escuchar viejos singles en vinilo. Puede que sean vestidos, o muebles para restaurar, o bolsos. Todo lo que lleve la pátina del pasado la atrae irremediablemente. De hecho, algunos de los tocados que ha confeccionado «levan os nomes das miñas avoas» y otros de mujeres feministas: Rosalía, Simone...

Lo mismo le ocurre a Belén García, orgullosa propietaria desde hace un par de años de La maleta de Bel (Carreira do Conde, 6. Santiago) un espacio que rezuma twee por todos los poros. Porque el concepto ella lo tiene claro. Se siente totalmente identificada con ese gusto por el antes que postulan los twees. «Por eso no tengo tienda online, porque yo quería la típica tienda de antes, ese trato que había y gracias al que la gente apostaba por el pequeño comercio». Y de hecho, en su pequeño mundo está presente la maleta de su abuelo. Y una muñeca Rosaura que le recuerda a su infancia. Y las mariquitas recortables de las que se enamora cada uno que cruza por la puerta. Y las prendas que venden, muy pocas unidades -a veces solo una- de cada modelo se pueden customizar al gusto del consumidor. Como el mundo twee, La maleta de Bel no entiende de generaciones. Hay niñas. Hay mujeres. Hay señoras mayores. Ser twee no es cuestión de edad. Es cuestión de ver el mundo con los ojos de la bondad.

Claro que llevamos un rato hablando de estética, pero tal y como explica muy bien María, ?non é tanto unha estética como unha filosofía de vida?. Cierto. La fuerza twee es que se refleja en cada uno de los aspectos de la vida de una persona. Pero también es verdad que la estética es importante. Mucho. Porque «había gente que iba a espectáculos punk rock con el pelo largo y pantalones acampanados, pero nos hemos olvidado de ellos. A los que recordamos es a los que se pusieron imperdibles en las mejillas», argumenta Spitz, para después añadir que «la estética es superficial y esencial al mismo tiempo, creo». Así que «debes tener por lo menos un cárdigan», pero no necesariamente tienes que ser blanco «que es un error del que he tenido que sacar a la gente desde que salió el libro». Y seguramente deberías «tener barba o un corte de pelo edie», bromea el periodista. Eso sí. Imprescindible al menos un álbum de Belle and Sebastian. Imperdonable no tenerlo, porque Belle and Sebastian es el gran icono twee musical, igual que Wes Anderson, el cinematográfico, y J.D. Salinger, el literario.

Pero, ya lo decíamos al principio, esto no es cosa de postureo. Y en su libro Spitz lo deja claro. Al contrario del punk o del hip hop, la entrada en la tribu twee no llega a través de un corte de pelo o de darle la vuelta a la gorra de béisbol y salir a la calle creyéndote Sid Vicious, Notorius BIG o Kase-O. «Tienes que leer mucho. Y generalmente tú solo». Hay que hacer amigos «con tu tocadiscos portátil Crosley, con la colección Criterion y con las fotos de estrellas de cine y autores muertos. Salir de la sociedad no es suficiente. Una vez fuera, tienes que estudiar de verdad».

Porque de cultura, de una vasta cultura, es de lo que va también este asunto de ser twee. Hay que llevar en la cabeza enormes cantidades de historia cultural. Dice Spitz que los twees son concursantes de Jeopardy! -una especie de Saber y Ganar americano pero sin un eterno Jordi Hurtado al frente, por lo que probablemente la cosa perderá bastante- y que no solo hay que saber de bandas musicales, de directores de cine y de libros más que nadie. Hay que formular toda una estética a su alrededor. Un estilo de vida. Y ese estilo de vida pasa por «fingir que has tomado menos drogas y has tenido menos sexo del que en realidad has tenido», apunta el periodista norteamericano. Pasa por un gusto casi obsesivo por los pájaros -que son los nuevos gatos- por ir a visitar a la abuela en vez de los after más perversos que el mundo pueda haber parido y por creer en el ecologismo. En esto último también coinciden María Munín y Belén García. En la reutilización y el reciclaje. En el Do It Yourself. Ya sea la calceta o la repostería creativa que vuelven loca a María o los muebles de La maleta de Bel, todos hechos por ella o restaurados -y con un inconfundible papel pintado a base de pájaros- lo artesanal está de moda.

Y como todo lo que se pone de moda de unas décadas a esta parte, los twees ocurrieron en Brooklyn. Porque, remarca Spitz en su biblia twee, «lo que produce América es Brooklyn. Es nuestra mayor exportación al mundo ahora mismo, del mismo modo que Hollywood lo fue hace 50 años y Silicon Valley lo era tres décadas después».

Fue, de hecho, en los estertores de los 80 y los primeros años 90 cuando comenzaron los preeliminares de esta explosión de candidez que ahora lo está invadiendo todo. Porque en aquellos tiempos, los artistas que se mudaron a una zona con más espacio y menos atraco a mano armada en los alquileres que suele ser Manhattan, comenzaron «abrir cafés y tiendas de discos y compraban ropa del Ejército de Salvación en Williamsburg». Poco a poco, «una estética se fue formando de manera orgánica». Había nacido la revolución de las buenas maneras.

Pero claro, no solo ocurrió en Brooklyn. Porque «pasó de forma simultánea en varias ciudades a lo largo de todo el mundo» y el asunto se volvió mainstream en la siguiente década, «porque la gente lo compró». Lo compró a mansalva. Pero cosa loquita de comprar, ¿eh? Y claro, de aquellos polvos estos lodos. Y ahora, tovarichs de las últimas tendencias sociales, nos hemos encontrado con un movimiento que, aunque a priori puede parecer apocado y empalagoso «está lleno de almas fuertes», y además, es «desafiante y creativo». Ojito con los twees, que no son ninguna broma.

Entonces, si ahora los hipsters están ya en las últimas y le salen competidores por todos lados y lo que lo está petando son los twees... ¿qué será lo siguiente en este mundo maravilloso de las tendencias? Pues hijos, bien lo dice el compañero Spitz. «Si lo supiese, abriría una página web, lo explotaría sin ningún tipo de pudor y con suerte acabarían comprándome mi parte», bromea. En esto de las tendencias nunca se sabe, pero algo es seguro. Lo que vaya a ser que lo pete en los próximos años, «está pasando ahora, tan solo tenemos que mirar alrededor». Pero ojito. El pope de los twees avisa. Ellos no se van a ir a ninguna parte. Como tampoco dejaron de existir el punk y el hip hop. Larga vida a la revolución apacible. Y a comprarse el disco de Belle and Sebastian, hombre ya.