Ni de izquierdas ni de derechas


13/03/2015 05:00 h

La indefinición ideológica con la que se presentan las dos fuerzas emergentes en el mapa político español, Podemos y Ciudadanos, no es un fenómeno nuevo. Sin acudir a referencias ominosas, que sería injusto utilizar y además ensuciarían el debate con su presencia, el «no somos de izquierdas ni de derechas» es una constante en el juego político. Y no solo en España.

El ex primer ministro británico Tony Blair, el impulsor de la denominada tercera vía, dijo que «en la economía globalizada no existen derechas o izquierdas, sino buena o mala gestión del espacio público». Era el 2002 y el personaje estaba liquidando al partido laborista, una organización creada por los trabajadores británicos para llevar su voz al parlamento.

Entre nosotros Felipe González lo expresó utilizando una frase del líder chino Deng Xiao Ping: «blanco o negro, lo importante es que el gato cace ratones» para señalar el abandono de los principios ideológicos que impuso en el PSOE hasta convertirlo en lo que ahora es.

Pero, sin duda, la principal referencia intelectual de este ya largo debate es el ideólogo norteamericano Francis Fukuyama, que en 1989, en el escenario de la caída del muro de Berlín, proclamó el fin de la historia: el capitalismo ha vencido, no existe un modelo alternativo, las ideologías ya no sirven, ahora es solo la economía. Con estos antecedentes, hay muchos más obviamente, se entiende la preocupación de los que pensamos que otro mundo es posible ante la deriva de fuerzas políticas que quieren representar a los de abajo frente a los de arriba.

Podría ser una simple argucia electoral, utilizar la indefinición ideología para intentar conseguir más votos, pero hay otros elementos que hacen temer que la cosa es mucho peor. En el discurso de las fuerzas emergentes ha desaparecido el conflicto entre clases que recorre la historia de la humanidad -y que hoy protagonizan el capital y el trabajo- y todo el debate gira en el entorno de la gestión política. El bipartidismo, la metodología en la elección de candidatos, la nueva y la vieja política o la transversalidad son los términos que han desplazado de la agenda la desigualdad, la explotación, las diferencias sociales, el enorme poder de las grandes empresas multinacionales, la especulación, los oligopolios? en definitiva, el capitalismo globalizado y desregulado que impone su hegemonía a los Gobiernos aquí y en todo el mundo.

Hay que ser claros: proclamar el fin de las ideologías, no ser de izquierdas ni de derechas, significa renunciar de forma explícita a luchar por cambiar el modelo y hacerse cómplice de los que llevan años intentando acabar con la ilusión colectiva de que es posible construir otra sociedad más justa. Es aceptar de forma resignada que la única finalidad de la política es, pura y simplemente, gestionar lo que hay. Sin más.

Un discurso que está bien para las fuerzas del sistema, para los que representan a los poderosos, para los que no quieren que nada cambie porque ya les va bien con lo que hay. Pero completamente inaceptable para los que siguen luchando por una sociedad emancipada, de hombres y mujeres libres e iguales, en la que no tenga lugar la explotación y que se reconocen a sí mismos como parte del hilo rojo que cruza la historia de la humanidad y que sí, se reivindican de la izquierda.

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