Sara Montiel y sus huellas gallegas

CULTURA

La vida de Sara Montiel tiene mucho de quijotesco, una mujer bestialmente bella que brilló en los ojos de Gary Cooper sin renunciar a la campechanía de llamarse Antonia. Los gallegos que la conocieron, entre ellos sus biógrafos, la retratan como una estrella muy cercana a la tierra

14 abr 2013 . Actualizado a las 23:10 h.

Sara Montiel no tiene un goya en su estantería (ni lo va a tener), así que ahora que todo el cine español llora su muerte y elogia su vida glamurosa de estrella campechana es buen momento para recordar sus uñas en garra verde esmeralda y su pelo rojo satén en posición de ataque. Un estilo tecnicolor que espantó tanto en su última etapa a los biempensantes como su cubano de adjetivo gay. Ella se lo fumó, o lo esfumó, como a todos los hombres que pasaron por su vida, poniéndose por delante con el buen humor de quien maneja los hilos, «catacatapún, puncandela, arsa pa?arriba, polichinela», de las marionetas. Eso solo les pasa a las mujeres pantera, que nacen bestialmente bellas, y se van al otro mundo como animales heridos por exceso. Con el haber mucho más suculento que el debe en la contabilidad íntima y la lozanía superlativa de nacer Antonia y morirse Saritísima. O érrima. Saritérrima, guapérrima, estrellérrima, libérrima. Un sufijo culto para una Aldonza Lorenzo pobre, con esa línea fuga manchega que separa realidad y ficción en un susurro de viento solano o almodovariano. Y que cuando sopla a favor transforma molinos en gigantes y mesoneras en estrellas de Hollywood. Hay mucho de quijotesco en la vida de Sara Montiel, de cuyo nombre conviene acordarse, porque María Antonia Alejandra Vicenta Isidora Elpidia Abad Fernández (Campo de Criptana, 10 de marzo de 1928) fue mujer de pueblo antes que mito. Y ese carnal popular la hizo universal por instinto y belleza. «Yo soy una mujer normal, bueno, normal no», se esculpió como epitafio quien heredó los ojos verde aceituna de su padre, labrador, además del gusto por el teatro.

Quizá por eso, por criarse en la carencia, se refugió en la demasía del sueño y le tocó el destino en suerte. No solo la descubrió la casualidad por cantarle al Cristo de la Caída, sino que su analfabetismo fue protegido por los mejores intelectuales a los que se entregó en alma... y cuerpo para salvarse del folclor: «Mihura me hizo mujer, pero no quiso casarse conmigo. Era muy mayor y yo muy joven. Pero fue él quien me recomendó irme a México y de ahí a Hollywood», confesó la Montiel en sus memorias.

«Te llamarás Sara como la de la Biblia, porque me recuerdas a ella», la modeló Enrique Herreros. Dalí, Miró, León Felipe, Alberti... todos se han fotografiado a su lado en un placer estilístico que alivió a la actriz del complejo de no saber leer y escribir hasta los 21 aun cuando poseía una inteligencia de superviviente. Con la misma lucidez que Sancho advertía a don Quijote, Antonia refraneaba a Sara en su camino a lo imposible y las dos convivieron en unidad mítica. Por eso, cumplido el sueño de mirarse en los ojos de Gary Cooper, la fantasía y la realidad se apoderaron una de la otra sin que el espectador pudiese discernir la ficción de una vida construida de mentiras y verdades como solo sabe un personaje.

¿Salvó a Jackie Kennedy?

Sara Montiel, según ha contado la artista, salvó a Jackie Kennedy de morir en un avión cuando estalló la ventanilla del aparato y ella puso el bolso para protegerla: «Thank You, miss Mann», fue el agradecimiento de la americana para la Montiel, que ya estaba casada con An-tho-ny. Aunque peor suerte corrió James Dean, con quien ella dijo haber tenido una relación que se terminó en aquel Richtersveldt Desert poco después de despedirse de ella. «Se hizo un traje a medida, y de alta costura», declara Alaska, quien grabó con ella Absolutamente, «una palabra que la define como ninguna». «Ha sido valiente -continúa- y le ha dado igual lo que se considerara políticamente correcto. Se inventó un tipo de mujer muy poco común. Desde pequeña he sentido aversión por las cantantes que hacen florituras con la voz, ella impuso una forma de cantar muy personal».

¿Pero quién quiere cantar si se murmura el pecado? Sus labios en O turbaron con hipnosis de cuplé cada vez que ella musitaba «écha-te». «Era un fenómeno -cuenta Xosé Ramón Gayoso-. A Luar ha venido en varias ocasiones. Siempre con su séquito de gran estrella: el peluquero, la que le planchaba el vestido... Pero ha sido generosísima. La primera vez que le dije que cantase en gallego, ella me contestó: 'Nunca en la vida'. Pero le enseñé una grabación de una película suya en la que cantaba Lonxe de Marín y se puso a ello con voluntad férrea. Y cantó, vaya si cantó: desde entonces la repetía cada vez que venía. En una ocasión nos apareció con la media con la intención de ponerla en la cámara para favorecerse. Y nosotros le insistimos en que no hacía falta, pero se salió con la suya».

fiel a la caja azul de nivea

La belleza devoró a la actriz, que a punto estuvo de generar un colapso en urgencias cuando, harta de que le preguntaran por su secreto de hermosura, espetó en la tele que se daba «un baño en una bañera llena de alcohol de 90 grados». Fiel a la lata azul de Nivea, se emperró en deshacer el misterio en sus últimos años con maquillaje crepuscular a lo María Félix. Como una doña sin amo, pero con joyas y perro.

«Ella presumía de sus novios y de hacer lo que le daba la gana. Cuando llegó a Santiago para dar el pregón en 1988 -cuenta José Luis Losa, concejal de Cultura entonces- fuimos a cenar y empezó a contarnos su amor por Severo Ochoa y su relación con Hemingway. Le encantaba. Era muy sexi y muy cercana, de diva no tenía nada. Recuerdo que al bajar del avión estaba preocupada porque había oído que había mucho revuelo político por dar el pregón en castellano y me dijo: ?A mí se me dan muy bien los idiomas. Si tú me ayudas, lo digo en gallego.? Y así fue. Leyó un pregón precioso en un gallego perfecto».

en casa de karina falagan

Losa confiesa en exclusiva una anécdota que le contó la Montiel aquella noche: «Ella iba mucho a Vigo entonces, era muy amiga de Karina Falagan y un día le pidió que la acompañase a comprar encaje de Camariñas. Pero Karina se negó: 'Una cosa es que estés en mi casa y otra que salgas conmigo por Vigo. ¡Si soy una puta!'. 'Sí, pero eres mi amiga', le respondió Sara, y se fueron juntas a comprar encaje...».

Ese desdoblamiento de corazón abierto ha sido una constante que han alabado los que la han rodeado y que sus biógrafos, los gallegos José Aguilar y Miguel Losada, destacan por encima de cualquier otra virtud.

La Sara de andar por casa se deshizo en deseos de parir, pese a once abortos, uno rondando la cincuentena: «He perdido cuatro hijos en dos años y medio. Pero el doctor dice que puedo ser madre. Que no debo desesperar... ¡Y no desespero!», confiesa en el libro de los autores gallegos. Y no lo hizo. Sus hijos adoptados, Thais y Zeus, llegaron con la estabilidad del hombre que más le ha durado (27 años), Pepe Tous, y que supo adorarla como una diosa sin apretar demasiado el lazo. Ella, que fue india sioux, se encargaba de fumar el placer mientras él le encendía el cigarro. Ese fue su mejor papel. Y ha interpretado cientos.

Precisamente a un gallego de Láncara debió su acogida y proyección en Hollywood, cuenta Xosé Manuel Rodríguez desde la delegación de La Voz en Ourense. Francisco Fouce, Frank Fouce en su vida americana, fue uno de los hombres más influyentes de la época en el sector cinematográfico y contaba con una red de teatros, entre ellos el famoso Million Dolar Theatre. Gracias a su apoyo, según el director de cine Ismael González (O Carballiño, 1939), que ha tratado a la actriz hasta el fallecimiento de esta, fue como Sara Montiel empezó a trabajar en Estados Unidos. «La proyección de Cárcel de mujeres en el teatro de Frank Fouce propició que la conocieran varios cazatalentos y que la contrataran en películas como Veracruz, donde rodó en compañía de Gary Cooper y Burt Lancaster».

Es probable, como dicen algunos cronistas, que Sara Montiel, auténtico pibón patrio, fuese demasiado para España. Pero se bebió el mundo y su vida fue «marvelous» como ninguna, pese al frikismo torero del final. Con ella se cierra una estirpe genial de estrellas capaces de reírse de sí mismas. «Sara, ¿pieles o joyas?», preguntó la periodista. «Ni una cosa ni la otra, no me gustan». «Sin embargo se la ve a menudo luciendo un visón...». «Hija, qué culpa tengo yo si hace frío».