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Un apátrida intentó viajar a Canadá en un bote de 50 euros

Con una orden de expulsión de la UE, se echó al mar e hizo «autostop» para que un buque lo remolcase a América


a coruña / la voz

Un hombre alto, con gafas, educadísimo y que no habla español embarcó ayer al mediodía junto al Náutico en una lancha de remos de 50 euros decidido a llegar a Canadá. Agárrense, pues esto es lo que contó un minuto antes: «Cuando esté cuatro millas mar adentro, haré autostop y esperaré que un carguero que cruce el Atlántico me remolque». No pasó de Santa Cruz.

¿Qué pudo haber movido a un hombre que solo ha visto el mar desde la tumbona de una playa a hacer tal cosa? Pues que fue declarado apátrida y le dieron unos días para abandonar Europa. Y no se le ocurrió mejor manera que embarcarse en la imprudencia.

Esta es su historia: Nicolai, que así es como dice que se llama, tiene tantos papeles como un conejo de monte. Ninguno. No porta un documento que diga cómo se llama, cuáles son sus padres y dónde nació. Los motivos se deben a que es ruso y vivía en Letonia. Y eso es un problema serio. Tanto es así, que los llaman «no ciudadanos» o «pasaportes grises». Tienen reconocida la residencia legal, pero no la ciudadanía. Ni les dan papeles. Nicolai decidió irse del país y buscar suerte en Holanda, donde lloró y derramó como en un confesionario toda su desesperación: los motivos de la huida, la miseria que dejaba atrás, los años de sacrificio... Como clamar en el desierto. Las autoridades de aquel Estado se pusieron en contacto con Estonia y con Rusia para comprobar si era cierto lo que Nicolai iba contando. Pero la respuesta fue esta: «No lo reconocemos como ciudadano nuestro». Inmediatamente, lo declararon apátrida y le informaron de que tenía unos días para abandonar la Unión Europea. Nicolai, que anda tan ligero de ropa como de dinero, se puso a hacer autostop sin destino y acabó en A Coruña.

Aquí intentó que Extranjería le proporcionase los papeles que le negaron en Holanda. Pusieron en ello empeño los funcionarios, pero rusos y estonios volvieron a repudiarlo. No hubo trato y a Nicolai lo dejaron con una mano delante y otra en el remo.

Así que buscó una solución rápida para una situación vergonzosa. Lo primero que hizo fue comprar el lunes una lancha barateira en efectos navales Pombo. Y ayer, sobre la una de la tarde, frente a Marina Coruña, reunió en torno a sí un par de pantalones, tres abrigos, unas latas de conserva, lo subió todo a bordo y advirtió que ya no había sitio para él. Mucho equipaje para tan poco buque. En una operación más propia de la magia que de la física, Nicolai entró en la lancha, cogió firme los remos y empezó a bogar. Dos horas después, todavía no había llegado al final del dique de abrigo. Y a última hora, su vista ni había alcanzado a divisar la boya del chino, situada a poco más de una milla de la costa. Cuando se iba el sol y la marea lo había empujado a Santa Cruz, decidió dar la vuelta.

Sus planes se fueron al traste. Una vez a cuatro millas, sin vela para buscar los favores del viento, levantó el pulgar como el que lo levanta en Alfonso Molina con un cartel que pone Zamora. Pero no hubo buque que le echara un cabo.

¿Hubo alguien que intentase convencerlo para quedarse en tierra? ¿Pueden las autoridades permitir una locura semejante? Sí y sí. A Nicolai no hubo forma de hacerlo entrar en vereda. Lo intentó la Guardia Civil marítima, que no le quitó ojo en todo el día, y Capitanía le advirtió que lo que iba a hacer era ilegal. El hombre solo preguntaba: «¿Creen que estoy loco, no?».

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