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«Pasei unha vida moi escrava»

Su relato parece de ciencia ficción, pero es real. Esta vecina de O Ézaro guarda las calamidades en su lúcida memoria


Hay una imagen muy conocida de la fotógrafa Ruth Matilda Anderson de un grupo de mujeres con cestas a la cabeza y cántaros de leche regresando a casa, en Carnota, después de ir a vender a los pueblos del entorno. Fue tomada en 1924, en el primer viaje que la fotógrafa estadounidense realizó a Galicia. Una foto en la que se aprecia la dureza y crudeza de la vida de aquellos tiempos, pero también la enorme dignidad de unas mujeres que dedicaban todos sus días al trabajo incansable, y que sostenían las familias con grandes dificultades.

Esa imagen puede valer para hacerse una idea de las penurias por las que pasó María Casais, vecina de O Ézaro (Ruth hizo otras en el pueblo con mujeres arrastrando las redes en la playa), nacida en abril de 1928, y otras como ella a las que les tocó nacer en una época complicada y pobre. Con la diferencia de que «María do Ézaro», como la conocen en la redonda, mantiene una memoria prodigiosa y un carácter que sin duda le ayudó a sobrevivir.

Primera pregunta: «¿Como foi a súa vida?»

Escrava a jodelo. Moito traballo e pouco que comer».

 

Sus primeros recuerdos de niña trabajadora fue cargar con cestas de 500 sardinas, subir por O Pedregal, por un camino de piedra, y caminar horas y horas hasta las aldeas que se podía para vender. «Vendiamos polas casas adiante, por onde se podía». Dumbría, Mazaricos, Outes... Salían de madrugada, sobre las 2.00. Se ayudaban de un farolillo. Llevaban alpargatas en los pies, que a veces se rompían. Así que tocaba caminar descalzas. Eso no era lo peor. Podían pincharse en algo, y en ese caso no queda otra que mear en la herida y pone el pie en una piedra para evitar la infección. Y a cargar. No tenían dinero para comprar un caballo con el que ayudarse: todo a mano, kilómetros y kilómetros cada día por el monte, subiendo cuestas inmensas. Si alguien admira a los ciclistas profesionales que suben la célebre rampa de cemento de O Ézaro (entonces no existía tal pista, es muy moderna), entonces casi debería santiguarse ante el poderío de aquellas mujeres. Y no fue cosa de dos o tres años, sino de dos decenios. Comían poco, a veces se quedaban dormidas en el monte, desfallecidas. El mayor peligro eran las garrapatas, no otros. O evitar que se cayesen las sardinas, que por suerte para la venta se conservaban bien en el trayecto. Vendían siempre. Si no, usaban el trueque, y traían a cambio unas patatas o unos frutos. «A xente daquelas aldeas tampouco tiña moito para comprar, eran coma nós», recuerda. Hace un tiempo acudió a Outes a una boda, en un lugar pintoresco en el que hay muchas celebraciones. «¡Como cambiou!», fue lo primero que dijo al verlo. Nada que ver con lo que conocía de su época de vendedora, acuciada por la necesidad, la mayor de ocho hermanos que tenía que tirar para adelante sí o sí.

Tuvo más trabajos. Participó en la construcción de los túneles de la central de Castrelo. Su marido, natural de Enxilde-Mazaricos, también, y fue uno de los afectados por la silicosis. Falleció con 50 años, María se emociona al recordarlo, sentada en la cama, con una mala salud de hierro, como suele decirse.

A ella le tocó cargar de nuevo en los trabajos de la central, bidones y cemento. Siempre cargando, con una fuerza que no sabía de dónde sacaba con lo poco que se comía y con un brazo afectado por un problema. Cargó también madera cuando trabajó con los fraguantes, llevó tablones de aquí para allá. Le faltó la ballenera de Gures, pero en ella ya estuvo su esposo (también navegante y emigrante), y recuerda que también allí los obreros pasaban penalidades. «Alí facíase todo o man. ¡Que duro era cortar as baleas!», explica.

 

Su memoria le permite recordar sin problema los años previos a la construcción del puente con O Pindo, en los 50. Iban poco a la parroquia vecina, en lancha, salvo para «coller o peixe para vender cando chegaban os barcos e facían sonar o corno». También conoció los lugares que quedaron sepultados con la construcción del embalse de Fervenza, no solo Os Baos. Hasta allí acudía a vender, y tenía amistad con algunos vecinos. También sabe de historias terribles de aquellas zonas (y de otras, como los montes de O Ézaro y O Pindo) de perseguidos y escapados. Da los nombres y los hechos con una nitidez asombrosa, y vuelve a emocionarse con algunos sucesos.

María hizo miles de kilómetros a pie de joven y adulta, y ya de mayor otros miles a Argentina, en avión, donde tenía familiares directos, para pasar unos días con ellos. Tres veces fue, la primera en el 88, con 60 años. Cuando dejó de andar, su oficio fue el de labradora en su parroquia natal, que es la que ha marcado su vida.

En los últimos años ha viajado bastantes veces al hospital de Cee por una cosa y por otra, y de todas ha salido. Allí la conocen bien. Hace amigos en la planta. Apunta sus nombres y teléfonos en una libretita, con letra redonda y clarita. Otro prodigio, teniendo en cuenta que solo fue una semana a la escuela. El resto lo fue aprendiendo por su cuenta. Hacía los números de sus ventas a su manera «e nunca a enganaron», cuenta su hija menor (tuvo tres), que la acompaña en la habitación y la cuida. Ambas conocieron un Ézaro muy distinto al de hoy. Sobre todo la madre, María: también una vida absolutamente diferente.

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