Una historia que parece cuento

Un pastor de 13 años huido en 1899 que volvió a la aldea de O Pindo más de 25 años después

El joven pastor del que habla esta historia acabó volviendo años después a la aldea de O Pindo.
El joven pastor del que habla esta historia acabó volviendo años después a la aldea de O Pindo.

Leer -dijo Quevedo- es dialogar, es «escuchar con los ojos a los muertos y tener conversación con los difuntos». Me pregunto en ocasiones las razones por las que leo lo que han dejado escrito personajes que vivieron en otros tiempos en nuestro mismo marco geográfico y social. Llevo años investigando y atesorando textos y textos, leyéndolos muy despacio, con atención absoluta, escritos en los que me encontré con muertos que siguen hablando, viviendo en varios tiempos a la vez, y, por lo tanto, existiendo; ilustrados que también leían libros, estudiaban, escuchaban, no resignados a ausencias definitivas.

Corría el año 1899 y un joven de 13 años, despierto, de mirada inteligente e inquieta travesura, descalzo, correteaba saltando feliz entre las rocas ingentes del monte de O Pindo, guardando entre tanto, como pastor, un hato de cabras saltarinas que triscaban aquí y allá el abundante forraje que ofrecían las profundas hendiduras, a veces simas imponentes, de aquella masa rocosa.

La imagen del pastor que abre esta historia publicada en la revista Alborada de Buenos Aires en abril de 1926, escrita por Alejandro Lastres Carrera, llevó al autor a reflexionar sobre la fama que de antiguo tenía el ganado cabrío que el monte de O Pindo alimentaba. Conservaba como oro en paño -dejó en este relato una interesante noticia-, «cual verdadera alhaja, un viejo libro, editado en pergamino a principios del siglo XVIII por la administración del Conde de Altamira, señor territorial y jurisdiccional de la comarca, en que se contienen los pocos datos históricos que de Corcubión conocemos. Y en él se consigna que el monte de O Pindo ofrece regalo de buenos cabritos en donde las cabras crían dos veces cada año». Pero sigamos con la historia que parece cuento.

En aquel atardecer -reseñó el abogado corcubionés-ceense- se ponía el sol hundiendo su disco cegador sobre el mar, allende Fisterra, y sus últimos fulgores, de un rojo intenso, se reflejaban sobre la mole, también bermeja, del Pindo, fundiéndose en un brochazo de encendida púrpura. Era la hora en que el ganado se recogía. El rapaz de esta historia contó y recontó el número de las cabras del rebaño. Faltaban dos a sus llamados, corriendo ansioso, buscándolas, pero sin fruto. Nervioso, lloró de forma inconsolable barruntando un severo castigo paterno. Con un miedo superior a su ánimo adoptó una resolución.

-No vuelvo a casa -se prometió-. Me matará mi padre.

Y, en efecto, se guareció aquella noche en una de las muchas oquedades de la montaña y al apuntar el alba emprendió un caminar sin rumbo.

-¿A dónde?: mundo adelante -se dijo-. ¡Dios proveerá!.

Al no aparecer por casa, sus padres lo buscaron, pero todo fue en vano. Recorrieron un día y otro todo el monte ayudados por los vecinos, no quedando ni recovecos ni simas sin recibir su visita. Al final, resignados, le dieron por muerto, pensando que podría haberse precipitado por un barranco o por un acantilado en la corriente impetuosa de la cascada del Xallas; o en alguno de los muchos abismos de la montaña, quedando para alimento de cuervos y alimañas.

Abandonada toda esperanza, «la madre, angustiada, no daba tregua a su dolor. Ni la triste satisfacción le quedaba de rezar sobre los restos del hijo adorado en el minúsculo cementerio aldeano».

-¿Dónde quedarías, meu filliño?... -se preguntaba constantemente.

Pasó el tiempo.

Transcurrieron más de 25 años. Y a la puerta de una humilde casa de la aldea de O Pindo una anciana pasaba el tiempo haciendo calceta. «Es aquella madre que no tuvo el consuelo de besar los despojos del hijo desgraciado, pasto de cuervos en una sima de la montaña que, en la hora del ocaso, tiene verdadero color de sangre». Al mismo tiempo, con una caja suspendida en bandolera por una ancha correa de cuero y otras dos llevadas por sus manos, salía de una taberna inmediata un vendedor ambulante de paños y bisutería.

-¿Me compra unos pendientes, señora? -le dijo el vendedor a la anciana-. Son de oro. ¿Los quiere?...

-Non señor, ¿para que os quero? Esas son cousas de mozas, e eu estou cos pés para a coba -contestó la vecina del Pindo.

-Ande, cómpremelos. Se los doy baratos -insistió el vendedor.

-Déixese diso -respondió la vieja.

Sin hacerle caso, el vendedor ambulante abrió una de las cajas, extrayendo un estuche con una espléndida alhaja.

-Non faga burla, señor. Váiase de aí que non llos quero -insistió la vieja.

-Ande velliña. Voullos probar -replicó el ambulante, doblándose sobre la vieja.

La anciana se resistió, pero el ambulante, sonriéndose y uniendo la acción a la palabra, intentó colocárselos. Y fue en ese momento cuando la mujer fijó la mirada en el rostro del vendedor, quedando suspensa unos segundos, surgiendo entonces al unísono dos gritos que salieron del alma:

-¡Mi madre!... -exclamó el vendedor

-¡Meu filliño! -dijo la mujer, fundiéndose los dos en un fuerte y largo abrazo, llorando de alegría: el hijo pródigo y la madre sin consuelo.

Este suceso que relató Alejandro Lastres fue, según él, de general conversación y comentarios durante semanas en los pueblos del litoral de la ría de Corcubión en aquella época. Según todas las referencias por él adquiridas, el muchacho llegó en su infantil escapada, de aldea en aldea, hasta Vigo, en donde halló ocupación como herrero y después de marinero hasta los 18 años. Entonces, emigró a la Argentina, juntó algunos ahorros, contrajo matrimonio con una paisana y retornaron ambos otra vez a Vigo, dedicándose a la venta ambulante de tejidos y bisutería, utilizando un automóvil propio para su comercio.

A raíz del encuentro con sus familiares, dice nuestro abogado Lastres, que el vendedor declaró el propósito de radicarse en O Pindo, edificando allí una «casita» sobre la poética montaña donde se guareció aquella noche inacabable de su tragedia.

En fin, que la Historia también es literatura.

galicia oscura, finisterre vivo

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