La trágica historia de Amadeo Losada es una más de la larga lista de asesinatos que sufre Venezuela. Este año la ola de violencia segará la vida de 20.000 personas
06 dic 2009 . Actualizado a las 02:00 h.«Ella me trajo a Venezuela, ella me arregló los papeles. Ahora me dejó aquí. Todos la cuidábamos, pero nadie escuchó nada. Luego nos dijeron los muchachos del lavadero de coches de aquí al lado: ''Por ahí los vimos pasar con unas bolsas. Ya es el tercer viaje que hacen''».
Así, según relata Amadeo Losada, de 76 años, terminó la vida de su hermana Sara, de 77, la semana pasada, en su pequeño piso de la urbanización El Paraíso, una zona de clase media baja de Caracas, frente a la Comandancia General de la Guardia Nacional, una edificación fuertemente custodiada por militares. Ambos llegaron de Escairón, en Lugo, al país sudamericano. Sara vivía sola desde hacía un decenio (desde 1952 estaba en Venezuela), en la planta baja del edificio en el que Amadeo residía en el piso de arriba. Llegaron en 1962 al barrio en el que también viven su hija María y su hijo Amadeo. Es decir, conocen a todo el mundo.
Pero ninguno de ellos pudo evitar lo que pasó la noche del miércoles 25 de noviembre. Dos jóvenes a los que veían siempre en el vecindario, indigentes por su entrega al crac , emboscaron a Sara cuando estaba en la puerta de su casa. Tras asesinarla con múltiples cuchilladas, vaciaron todo lo que de valor había en su apartamento. Uno fue atrapado por los vecinos con un televisor de Sara a la mañana siguiente, durmiendo sobre una acera. La policía evitó que fuera linchado. El otro sospechoso está huido.
Un punzón como defensa
«Esto es insoportable. En este país no se puede ya con tanta inseguridad. Nosotros teníamos un hotel aquí cerca, en Altagracia (otro barrio caraqueño). Lo tuvimos que vender porque nos asaltaban todas las semanas. Una vez me dispararon nueve tiros y no me alcanzó ni uno. La suerte que tuve para escapar de los tiros se la negó Dios a mi hermana. Son cosas de la vida, no se lo merecía», afirma, con los ojos curados de espanto, pero llenos de tristeza. Ahora, una pequeña arepería (establecimiento de comida) en el bajo del mismo edificio le da sustento a Amadeo. Su hijo regenta un cibercafé a menos de una manzana.
«Aquí no nos vale que estemos enfrente de la Guardia Nacional. Ya los vecinos han hecho dos protestas contra la inseguridad, pero no pasa nada. A Mary le tocó la parte más difícil, limpiar», señala. Un bastón en sus manos esconde un punzón de más de 50 centímetros de largo. «Pero ya usted ve, Sara era la que lo tenía, y no le sirvió de nada. Ahora lo uso yo».
«Cerrado por duelo»
Al amanecer del día siguiente, en un barrio pobre del centro de la capital venezolana, mataron a Andrés Lorenzo, de 60 años, canario de Tenerife. Dos hombres a bordo de una moto se acercaron a su vehículo cuando llegaba a su negocio, y le dispararon en la cabeza.
Su socio, Dioclesiano dos Santos, portugués, fue asesinado del mismo modo hace dos años. Hoy, un escueto letrero en la puerta de su local dice: «Cerrado por duelo hasta nuevo aviso».
Según vecinos, su hija, Andreína, la única que podría encargarse de la empresa ahora, no quiere, y padece una crisis nerviosa.
El pasado domingo, una de las víctimas de la violencia fue Feliciano Salas, de Santander, de 67 años. Regresaba a su casa desde el Centro Asturiano de Caracas, de jugar al dominó. Salas esperaba volver esta semana a España de modo definitivo. La razón para su retorno inconcluso era justamente la inseguridad que se vive en el país. «Mi tío era muy terco, no se quiso dejar robar», señaló en la morgue su sobrino, Ignacio Mora.
El caso de Sara, Andrés y Feliciano se suma al de los 70 homicidios que se cometieron la semana pasada en Caracas, de ellos, 47 entre viernes y domingo. Esta cifra iguala todos los asesinatos cometidos en Madrid durante el 2008.
La ola de violencia en Venezuela no excluye a nadie, y la capital, tras Ciudad Juárez (México), es la ciudad más peligrosa del mundo, con 104 homicidios por cada 100.000 habitantes, según cálculos del año pasado.