Que venga a Lugo a dar una charla en la UNED una prostituta especializada en discapacitados debe de ser algo superprogresista. Lástima que todo sea fruto de la falsa modernidad en la que vivimos. La opción real que cada uno asume de su existencia está más allá de lo que yo pueda ni siquiera opinar y mucho menos juzgar. Pero me molesta que los que la defiendan lo hagan porque no tienen nada que perder y sí mucho que ganar. Estamos rodeados de una tremenda hipocresía en la que justificamos lo indefendible cuando quien tiene que tragar es el más débil o ajeno a nosotros. En esta ocasión es un hombre, especializado en el tema de la prostitución, el que organiza el curso. Ha analizado y profetizado sobre el tema. Y puede que desde su conocimiento profundo de esa realidad vea con buenos ojos que nuestras hijas se formen en tan honorable profesión que tantos quieren liberalizar. Pero lo cierto es que la ponente del seminario es una mujer, es la que cuenta su experiencia, porque es ella y no él, la que la tiene.
La prostitución, y todo lo que la rodea, es una cuestión de género y de dinero. Me dice una amiga que hoy se comercializa con todo. Pagamos para que cuiden de nuestros hijos o les den cariño cuando no estamos, o para que se ocupen de nuestros mayores cuando no podemos o no queremos. ¿Por qué no entonces se puede hacer lo mismo con el sexo? Si la respuesta fuese simple nadie discutiría sobre ella. Entre lo que es correcto o lo que no lo es, no hay ningún abismo. Hemos construido el puente que nos permite cruzar de un lado a otro cuando queremos. La pregunta sin respuesta es ¿quién ha pagado su construcción? y ¿cuánto va a ganar con ello?