Un grupo de scouts de A Coruña realizaron en Castroverde una prueba en la que tenían que conseguir comida y alojamiento a cambio de trabajar unas horas
Sus bolsillos, vacíos. Un móvil o quizá algún recuerdo de Castroverde es lo poco que les podía hacer compañía. Común en personas de entre 15 y 17 años cuya única ocupación en la época estival suele ser divertirse. En cambio, los jóvenes que hasta el viernes estuvieron de campamento en Castroverde pasaron el lunes una prueba a la que no están acostumbrados. Se trataba de sobrevivir, de intentar comer y dormir en alguna casa del municipio a cambio de una ayuda en las tareas diarias. Algunos consiguieron comer empanada a muy bajo coste, otros conocieron de primera mano las dificultades de trabajar en el campo.
A primera hora de la mañana comenzaron a salir del campo de fútbol de Castroverde las primeras expediciones del grupo scout Semente, de A Coruña. De los cerca de 30 niños que participaron en este campamento de verano, ninguno sabía dónde iba a comer; cinco, ni siquiera dónde dormirían. La actividad del lunes estaba encuadrada dentro de la programación que este grupo de A Coruña preparó para la última semana que pasaron en la localidad lucense. Se trataba de sobrevivir, de buscar comida, cama o cualquier sitio a la sombra que les pudiese dar cobijo en estos días calurosos. Como contrapartida, los chicos tenían que ofrecer su ayuda en las tareas cotidianas a los dueños del hogar que les acogiese.
La lección la tenían bien aprendida. Sabían que las gentes de la localidad se sorprenderían ante esta inesperada visita y salieron del campamento con una pequeña carta de presentación grabada en su memoria. Pero no todos tuvieron la misma suerte. Recorrieron un buen número de las parroquias próximas a Castroverde -Rebordaos, Alvaredo, Bolaño...-, pero la fortuna está normalmente ligada a factores circunstanciales. El calor que se vivió durante la jornada del lunes hizo que muchos vecinos de la localidad se acercasen a las piscinas municipales, por lo que las probabilidades de encontrar tras la puerta algo que llevarse a la boca se reducían.
Los más jóvenes del grupo fueron los más afortunados y comieron como si en un hotel se encontrasen. En su caso, fueron al restaurante O recuncho de Pepe e María y los dueños del establecimiento les ofrecieron una amplia y variada carta a cambio de barrer un patio de la casa. El menú que se ganaron fue el propio de un restaurante de tres tenedores. Incluso hubo sobremesa.
Difícil pero gratificante
Los pequeños solo tenían que conseguir un lugar en el que poder comer y, a la tarde, sobre las siete, tenían que volver al campamento. David Pou y cuatro compañeros más con edades comprendidas entre los 15 y los 17 años tenían que encontrar, en cambio, un hogar en el que pasar la noche. Buscaron por todo el municipio, anduvieron y conocieron la zona como si de sus barrios se tratase. Al final, la suerte les sonrió a primeras horas de la tarde. Olga, una vecina de Alvaredo, vio que dos chicos llamaban a la puerta de su casa mientras ella hacía las tareas domésticas. «Me sorprendió porque normalmente nadie de por aquí llama y se queda esperando en la verja de entrada», dijo. Así que abrió y, cuando los chicos le comentaron la situación en la que se encontraban, no dudó en darles alojamiento. «A ver... Yo tengo niños pequeños y, si ellos tuviesen que hacer actividades de este tipo, también me gustaría que alguien les cobijase», señaló con una sonrisa mientras miraba a uno de sus hijos.
Pou, gracias al teléfono móvil que en adolescentes de su edad es ya una extremidad más de su cuerpo, se puso en contacto con sus otros tres compañeros que buscaban casa. A las cinco de la tarde aún tenían problemas para que les ofreciesen alojamiento así que, hablando con Olga, esta también le dio alojamiento al resto del grupo. Todo, a cambio de cuidar a sus hijos durante toda la tarde.
El martes al mediodía, después de haber dormido en una cama, cenar caliente y jugar con los hijos de Olga, los cinco aventureros volvieron al campo de fútbol. Superaron la prueba de supervivencia. El espíritu caritativo que reinaba en otros tiempos parece, al fin, seguir vivo en Castroverde.
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