Este empresario y su familia han trabado amistad con muchos de los miles de clientes que han tenido en estos 47 años
05 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Eduardo Lorenzo Vilar (Xove, 1929) y su familia siempre se han sentido a gusto al aire libre. Tal vez por eso continúan al frente del cámping de Viveiro, que él y su amigo José Márquez Torres, ya fallecido, pusieron en marcha hace 47 años. Eduardo nació en Xove, donde vivían sus abuelos. Su padre era maestro y la escuela les llevó de pueblo en pueblo, hasta las aldeas más remotas de la provincia de Ourense, durante la posguerra. Hasta que ingresó en el Seminario de Mondoñedo e inició la carrera sacerdotal, que abandonó a los seis años (entonces duraba 12) para completar los estudios de Bachillerato por libre, examinándose después en Lugo.
«Trabajé un poco de todo. Mi madre tenía un comercio en Xove y le ayudábamos; mi hermano y yo fuimos precursores de los mercadillos; con 18 años teníamos un puesto de venta ambulante con el que íbamos a todos los mercados de la comarca», cuenta. El nomadismo duró hasta el matrimonio. En 1952 Eduardo se casó con Ofelia Pigueiras -«una mujer estupenda, la mejor del mundo, natural de Mañón pero que ya vivía en Viveiro desde muy joven, hija de maestra también»- y se incorporó a la plantilla de Barras Eléctricas (ahora Begasa). «Empecé de cobrador de la luz y terminé de jefe de negociado en las oficinas». Y entonces surgió la idea de instalar un cámping.
Él y su amigo José recorrieron en moto casi toda Galicia para ver las pocas áreas de acampadas existentes entonces, hace casi medio siglo. Y es que el cámping de Viveiro es el sexto más antiguo de la comunidad gallega y el primero de la provincia de Lugo. «En una reunión de estos días de responsables de cámpings, por el triste privilegio de la edad, encabecé la mesa porque representaba al más veterano y además era el mayor».
El terreno donde se ubican estas instalaciones pertenecía entonces al denominado Grupo de Puertos y se hicieron con él en régimen de arrendamiento. «Pagábamos ciento y pico pesetas al año». Lo primero que hicieron fue plantar los árboles. «Y lo segundo, esperar a que viniera algún cliente. Los cuatro o cinco primeros años no ganábamos ni para pagar la luz», constata.
El cura que declinó bendecirlo
Eduardo recuerda la división de opiniones suscitada por el cámping en Viveiro, «entre los que creían que era una fuente de gamberrismo e inmoralidad, y los que pensaban que era una forma económica de hacer turismo». «En aquella época se estilaba mucho que el cura bendijera los negocios nuevos. Llamé al párroco de San Francisco, Don Francisco, y me dijo '¡Cómo, bendecir yo un prostíbulo!'. Al final vino Don Antonino, el cura de Covas». El tiempo acabó dando y quitando razones.
Al principio, la superficie de acampada rondaba los 20.000 metros cuadrados, que se redujeron hasta los 12.000 cuando se construyó el nuevo campo de fútbol. El edificio del geriátrico le ha robado más espacio, que ahora espera recuperar hacia el otro lado. Pero hubo un momento en que este empresario creyó que el negocio se acababa para siempre, cuando el entonces alcalde, César Aja, le comunicó que en un plazo de un año debía abandonar la zona (para levantar el asilo). «Pero hubo elecciones y cambió la cosa».
Una vida «en precario»
Reconoce, en cualquier caso, que siempre ha estado «en precario». «Tal vez por ser demasiado confiado y creído en la gente. Me decían 'el año que viene te damos la concesión', hasta que me concedieron permiso por cinco años. Ahora sigue estando en el aire, tiene que salir a concurso», explica. Pero en estos 47 años han cambiado muchas cosas. Los primeros clientes venían de Lugo y Asturias. «El día que teníamos diez tiendas era una fiesta. Hoy hay coches cama. Al principio cobrábamos cuatro pesetas por persona y noche; hoy, cuatro euros. Cuando llevábamos seis años empezó a funcionar y luego??????ya?????se fue universalizando el campismo, pero nunca habríamos soñado con verlo lleno como estos años». Ayer mismo se marchó un cliente que lleva 20 años alojándose aquí, «y otra campista se quedó llorando, porque también se conocieron aquí».
Más libertad que en un hotel
En casi medio siglo, Eduardo ha hecho grandes amistades. Una de sus hijas se casó con un suizo al que conoció en el cámping y sus dos vástagos mayores participaron en intercambios con una niña francesa, cuya familia se hospedó en el cámping. «La mayor parte de la gente que se queda aquí no irían a un hotel, así como también hay muchos que lo prueban y no volverían, aunque fuera gratis. La libertad que te da el cámping no te la da el hotel», subraya.
La zona de acampada de Viveiro abre desde el 1 de junio hasta el 30 de septiembre. Este año la crisis se ha notado, no tanto por el número de campistas como por el gasto en el bar -«otros años estaba lleno a la hora del vermú; este verano traían la botella de vermú del súper y aquí pedían el hielo. Es normal, yo también lo haría»-. Las 115 parcelas disponibles tienen capacidad para unas 400 personas.