La convivencia con los okupas se tensa en el barrio ferrolano de Recimil
02 sep 2011 . Actualizado a las 12:50 h.Un cristal roto da la bienvenida en el portal de uno de tantos edificios del barrio ferrolano de Recimil. La puerta no tiene cierre y deja ver los contadores de luz precintados. Cadenas con candados blindan una vivienda vacía en el bajo. Casi todas las puertas tienen signos de haber sido forzadas alguna vez. Y escaleras arriba, un frigorífico tumbado sobre las escaleras dificulta el acceso al último piso. «Me cayó el viernes. Lo iba a llevar pero no pude. Hasta intenté partirlo», explica María Jesús Orosa. Es una de las incontables okupas, por ser una cifra desconocida que esconde detrás varias decenas de casos, que vive de forma ilegal en un piso en teoría vacío de esta urbanización, de propiedad municipal y nacida entre las décadas de los cuarenta y los cincuenta. En ella vive con su pareja y su hijo de cinco años desde hace dos, cuando, explica, dejó otra vivienda ocupada en Caranza.
El argumento es el mismo oído tantas otras veces: «El piso era de un chico que vino a decir que no lo quería. Yo no cobro nada y necesitaba una casa». Saben que es ilegal, pero creen que la necesidad justifica los medios: «No es correcto, pero tampoco es correcto que estén las viviendas vacías habiendo mucha gente que las necesita», arguyen ella y su pareja. «No quiero un yacusi: solo una uralita y que no llueva», alega él. Y no están dispuestos a dejar una vivienda en la que ya se han empadronado, para hacer valer sus derechos y hacer más difícil su expulsión: «Si me echan de ella, me meto en otra», asegura. Lo que quiere, continúa, es un piso «legal». Pero mientras tanto, han ido amueblando el que ocupan con mobiliario donado o recogido de la basura.
«Hay que evitar follones»
Aseguran que antes de instalarse se lo consultaron a los vecinos y que no hubo problemas. Pero ellos discrepan. Denuncian gritos a altas horas de la noche y también durante el día, temor e inseguridad. Y hace meses, trapicheo de drogas. «Esto es terrorífico», aseguran. «Calla, calla, no me hables. Entraron nueve veces en el primero», dice un vecino. Y relata que engancharon la luz a la del portal, tras cortarles el suministro. «De un barrio hicieron una porquería», concluye de forma huidiza porque «hay que evitar follones». En ese mismo portal son dos las viviendas ocupadas y al menos otras dos las abandonadas y cerradas de forma rudimentaria.
Recimil se ha convertido en un nido de problemas de convivencia, muchos de ellos asociados a los ocupantes ilegales. Lo ha denunciado en reiteradas ocasiones la asociación vecinal, que describe una situación de inseguridad y conflictos constantes. Y que recuerda que sobre el caso de María Jesús pesa una orden de desahucio que no se cumplió en octubre por un error en la dirección.
El Concello es consciente de la situación. Y la policía. Pero de momento, solo se ha ejecutado un desalojo forzoso en el barrio. El problema empieza por el desconocimiento del estado de los 1.100 pisos de Recimil y de quiénes son sus inquilinos. Tapiar pisos no ha sido suficiente para frenar el problema.