Una ex trabajadora del club de alterne en el que tenía su centro de operaciones la trama de los burdeles cuenta lo que solía ocurrir en el interior del polémico local
10 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.«¿Cómo íbamos a denunciar lo que pasaba si resulta que un guardia y policías estaban habitualmente en el club?». Quien hace esta pregunta es una ex trabajadora del Queen's, el club en el que parece que tenía su centro de operaciones la trama de los burdeles de Lugo. Esta mujer accedió a contar lo que ocurría dentro del establecimiento para denunciar que muchas menores son explotadas «por gentes sin escrúpulos en decenas de clubes». Puso tres condiciones: no ser citada por su nombre, no ser fotografiada y que no hubiese referencias directas a lo que le ocurrió a ella. Tiene miedo a represalias.
Es sudamericana y ella misma pidió ser identificada como Carla. Trabajó varias temporadas en este establecimiento de O Ceao, actualmente clausurado por orden judicial. Era uno de los clubes de alterne de nivel en la noche lucense. Sin embargo, lo que ocurría dentro pasaba muy desapercibido a los numerosos clientes.
«Se quedan ustedes cortos cuando hablan de una agresión. Si no lo saben, yo les cuento: las palizas no eran algo aislado, ocurrían en las habitaciones y las principales víctimas eran muchachas jóvenes, indefensas, que estaban realmente cautivas porque tenían que pagar la deuda que habían contraído para llegar al club. Además, no tenían papeles», contó Carla. Ella fue una privilegiada porque cuando se fue a hacer plaza al Queen's tenía papeles. No debía nada a nadie y ante cualquier problema se marchaba. Nunca llegaron a ponerle la mano encima, según recordó.
«En La Colina [otro de los clubes que está clausurado] le pegaron incluso a un cliente. Recibió una paliza y ni siquiera denunció porque era casado», relató.
«¿De qué iba a servir contarle a la policía lo que estaba pasando? De nada. Lo más triste era ver cómo agentes que yo siempre pensaba que nos tenían que proteger y defender estaban involucrados», explicó esta ex empleada. «Cuando llegaba una mujer joven -explicó Carla- le decían: ''Usted si está conmigo va a tener protección y ayuda con los papeles''. Así se enrollaban [se refiere a los responsables del establecimiento] con ellas. ¡Eran niñas de veinte años! No se puede comparar con mujeres de 30 que están curtidas y pueden enfrentarse a estos mafiosos».
Cocaína, para cerrar
En algunos momentos de la noche, la droga supuestamente circulaba libremente en el burdel. Eso sucedía muchos días en los momentos previos al cierre, según el testimonio de Carla.
«Cuando estaba el encargado y sus amiguetes había veces que cogían a las chicas, algunas eran menores, las drogaban y luego se quedaban con ellas. Se aprovechaban mucho de las chicas jóvenes y más indefensas. Abusaban de ellas. Eran como niñas inocentes que estaban con los ojos muy cerrados», explicó.
Al oír semejante testimonio salta una pregunta: ¿Cómo que las drogaban? Carla contesta sin ningún tipo de duda: «Las invitaban a la cocaína que circulaba y no en cantidades pequeñas». La ex empleada va todavía más allá: «Con eso lo que conseguían era engancharlas a esa sustancia y después ellos mismos venderles esa coca. Aunque parezca crudo, esa era la realidad, si no diaria, sí muy habitual, en la época que yo hice allí la plaza. Las chicas les eran muy rentables. Ellas, en vez de mandarles dinero a sus familias que pasaban hambre, compraban la coca. Era algo muy fuerte».
«Las muy tontas caían [en el consumo de cocaína] y quedaban enganchadas. Ni yo ni otras más veteranas podíamos darles un consejo para que no quedasen atrapadas en la red que les tendían porque, después, se lo contaban a los encargados y se armaba una buena bronca», relató esta mujer. Aseguró, además, que los responsables del establecimiento eran los encargados de proveerse de la droga y de que no faltase.
En varios momentos de la entrevista esta mujer dijo que a ella la trataron bien porque tenía la ventaja de tener papeles y «en cualquier momento los podía mandar a tomar viento y eso no les interesaba».
Pero es que todavía hay más. Carla asegura que a algunas mujeres las llegaron a ir a buscar a sus pisos agentes de los cuerpos y fuerzas de seguridad en vehículos oficiales. Relató el caso de una compañera que, en una ocasión, fue abordada en la Ronda de la Muralla por un agente que quiso introducirla en un vehículo que, supuestamente, era de la Policía Local.
Cuando se le preguntó si veía con frecuencia en el local a alguno de los detenidos hasta ahora en el transcurso de la espectacular operación Carioca, respondió que sí y que sospechaba de que alguno era dueño.