Uno está deseando cerrar el negocio, otro solo ve un futuro de ilusión y el último y más veterano pondera los dos extremos
05 jul 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Camino de la Casa do Portomeñe, en la falda del monte Faro, da la impresión de que se circula por las veredas de la Comarca de Tolkien y que por alguna de las pistas aparecerá Gandalf con su carromato. Aunque los últimos metros del camino nos van acercando a algo más parecido a Mordor: casas sin recebar, hórreos de ladrillo, una granja de vacas, los inevitables contenedores de basura y, como corolario, el parque eólico que desde hace unos años ha cambiado radicalmente el aspecto del Faro.
Xosé Manuel Ledo, el propietario del establecimiento, es uno de los desencantados del turismo rural. Abrió la casa en 1998, después de invertir 70 millones de aquellas pesetas, de los que la Xunta le concedió 23. El proyecto de remodelación se hizo bajo el diseño del arquitecto Plácido Lizancos y, según cuenta el propietario, durante los primeros años funcionó bien: «Dábame para pagar as facturas e para vivir holgadamente». Pero desde el 2001, todo fue para abajo. Ledo cree que la instalación de los aerogeneradores tuvo algo que ver, pero achaca la esclerosis que afectó a su negocio a una razón palmaria: «Cando abrín, só había 40 prazas de turismo rural no concello de Chantada. Hoxe hai máis de cen». Asegura que, desde diciembre, no ha tenido ni un solo cliente
Ledo lo tiene claro, en cuanto se cumpla su compromiso con la Xunta, dentro de cuatro años, «meto a chave». En el otro extremo están Alberto Mendoza y su madre, Ana Fernández. Él trabaja en A Coruña, pero la familia se embarcó en la apertura de un negocio en Gres, Vila de Cruces, que atiende la señora Ana desde octubre del 2007. Unos recién llegados, como quien dice. «Vainos ben. Talvez porque dende o principio xa tivemos en conta que non íamos ter un supernegocio», explica Alberto.
Mil proyectos
La Casa da Capilla está pegada al Ulla en un lugar especial donde el río adopta una forma caprichosa dejando en medio de su cauce siete islas comunicadas por puentes. Un polo turístico que garantiza visitas aunque Alberto cree que hay que ir más allá. La casa ha servido para distintas actividades de la gente del pueblo, mientras sus propietarios preparan alternativas para ofrecer a los visitantes, desde catas ciegas en las bodegas de los paisanos de la zona hasta la organización de visitas a pazos de la comarca: «Hai traballo para todos», opina Mendoza que reclama, eso sí, un mayor compromiso por parte de los propietarios: «Deberíase fortalecer un proxecto máis claro», opina.
¿Es solo la ilusión del recién llegado lo que alumbra las palabras del joven empresario? Susana García es también joven, tiene 32 años, y es ya la segunda generación en Torre Vilariño, el establecimiento de turismo rural más veterano de Galicia. Instalado en el corazón de O Saviñao, la posada tuvo el apoyo explícito de Fraga, excepcional cliente que dormía allí al menos una vez al año tras inaugurar la temporada de pesca. «Aquí mi padre se dejó los ahorros de su vida -explica Susana-, pero también es verdad que el negocio funcionó desde el primer momento».
Dormir en Torre Vilariño cuesta 50 euros más IVA, desayuno aparte. Y no se encuentran muchas quejas en el discurso de Susana, que admite que el restaurante y más concretamente la mano de su madre en la cocina han tenido mucho que ver en la solidez del negocio. Con todo, el año pasado fue el primero desde 1991 en que no llenaron todos los fines de semana del verano. Pese a ello, Susana no expresa dudas con respecto al futuro: «Sí, aquí la continuidad del negocio está asegurada».