Hay una madre en A Coruña que vive con miedo. Teme que un día la policía la llame por teléfono para contarle que a su hijo, de dieciséis años y al que ya es incapaz de controlar, le ha ocurrido algo grave o que este le ha hecho cualquier cosa a otra persona. Esa angustia, convertida en auténtica desesperación, la ha llevado a pedir la ayuda de la Fiscalía de Menores, adonde acudió ayer por la mañana, o de cualquier otra Administración para que internen a su hijo en algún centro en el que puedan encauzarlo. No quiere perder la custodia, pero esta mujer, que prefiere ocultar su identidad para proteger a su hijo, reclama colaboración. «Ya no me tiene ningún respeto, hace lo que quiere. Vivo con miedo porque temo que un día ocurra algo grave. No quiero perder la custodia, pero alguien tiene que ayudarme. Que lo manden interno durante la semana...», repite una y otra vez.
Esta madre divorciada, a punto de obtener la nacionalidad española después de llevar ya diez años en el país, tiene estudios superiores y abandonó su trabajo en un Estado centroamericano para poder darle una vida mejor. Ahora no entiende qué pudo haber hecho para que el menor se haya descontrolado.
En la habitación del joven todo está ordenado. En otro cuarto, no en el de dormir, tiene el ordenador. «No lo entiendo. Tiene de todo. No le falta dinero. El fin de semana le di diez euros, ayer le di dos... Somos una familia normal. Tiene un hermano mayor, con 23 años, y para nada es igual. Trabaja y todo... No lo entiendo, no entiendo qué le puede ocurrir», comenta.
El ambiente en el que comienza a moverse por barrios de A Coruña es lo que más le preocupa. «Anda en pandillas por ahí. Ha tenido ya varios problemas con la Justicia. Lo peor es que hace las cosas, pero luego carece de sentido de la culpabilidad», comenta al tiempo que expone sus sospechas en torno a que su hijo pudiera tener algún problema mental.
«Hace tiempo ya había ido al psicólogo, pero ahora no quiere ni oír hablar de ir al médico. Lo que sospecho es que pueda tener algún problema porque tiene un tío joven con esquizofrenia. Esa falta de culpabilidad que tiene...», explica.
No quiere ir al médico
Pero es incapaz de llevarlo al especialista. «No quiere ir al médico, igual que tampoco quiere que lo mande a nuestro país para apartarlo de los ambientes en los que está. Su amenaza es que se corta las venas como lo mande para allí. Le gusta estar aquí, pero veo que esta sociedad lo está estropeando. Hay mucha libertad», repite. El menor, tal y como explica, entra y sale de la casa cuando le da la gana. «He puesto varios cerrojos, pero no hago nada. A veces escapa y está por ahí toda la noche. El otro día tuve que salir a buscarlo por ahí fuera», comenta.
El último verano, relata, fue la primera vez que pidió para salir de noche e ir a la discoteca. «Ya no volvió a pedir permiso. Va y ya. Ahora, últimamente, va a A Laracha en el Noitebús y vuelve a las seis y media de la mañana. Esas no son horas para un chico, pero no puedo hacer nada. Contesta cuando le comentas algo y no hace caso. Hace lo que le dicen los que lo acompañan», repite. Pero eso no es todo. En diciembre cumplió dieciséis años y dejó de estudiar. «Abandonó el colegio y tampoco hubo qué hacer. Con los profesores tampoco tenía respeto. Imagino que ve que estoy sola y que puede mandar», explica.