Dos mujeres fueron las últimas personas que la vieron, en las inmediaciones de la casa familiar
14 nov 2007 . Actualizado a las 10:22 h.Una niña de 12 años de la localidad coruñesa de Bergondo falta de su casa desde el lunes a las diez de la noche. Según una allegada, su madre le dijo «que hiciese todos los deberes atrasados, pero sin reñirle» y acto seguido desapareció con lo que llevaba puesto después de su clase de patinaje: unas mallas negras y un polar azul claro.
Desde entonces, un centenar de personas registran las inmediaciones de la casa de esta niña, situada en la parroquia de San Paio, y todos los bosques de los alrededores, incluido el de Cecebre, a escasos kilómetros. Es una búsqueda silenciosa, en la que nadie grita el nombre de la niña, porque hay sospechas fundadas de que se trata de una fuga voluntaria, aunque probablemente no planeada.
«A última das catro veces que fixo isto foi hai un ano, tamén na época das notas e os exames», recuerda Emilia, una de las muchas mujeres de la localidad que registró pajares y hórreos en busca de la niña. Y es que una de las de las evasiones de la menor remató cuando la encontraron acurrucada en un galpón a escasos metros de su casa y otra en el momento en el que uno de los hombres que la buscaban regresó a su coche a recoger una chaqueta y se topó con que la pequeña la había utilizado para esconderse bajo ella en el primer vehículo que vio abierto.
Incluso ayer, tras pasar la primera noche a la intemperie, dos vecinas pudieron verla en el mismo pueblo: a las siete de la mañana en torno al centro de salud de Guísamo, a menos de un kilómetro de su vivienda y a las diez, en el jardín de una casa todavía más cercana. «Sabía que había desaparecido una niña y al verla medio agachada me acerqué, pero salió corriendo», comentaba ayer, muy apesadumbrada, una de las testigos que pasó todo el día colaborando con las idas y venidas de Protección Civil y los perros rastreadores que se trajeron desde Ferrol para encontrar a la menor.
Búsqueda intensa
El operativo de rescate fue multitudinario y especial. En ninguna de las batidas se llevaron fotos de la niña, pero sí un mapa del Sixpac que orientaba sobre los refugios que podría estar usando. «No vamos a encontrarnos con tantas niñas con el pelo negro y rizado que salgan huyendo cuando nos vean», razonaba un bombero. Además, buena parte de los que participaron en las batidas conocían a la menor, ya que casi todos sus vecinos se echaron a la calle.
Una empresa, Viveros Orto, incluso cerró para dedicar toda su plantilla al rescate y dos octogenarios revisaron con sus bastones las copas de los árboles argumentando que «hai anos pasou o mesmo e o rapaz estaba agochado nunha árbore vendo como o buscaban. Cantas máis horas pasaban, máis lle custaba volver». Por la tarde los servicios de emergencia despejaron de vecinos curiosos la entrada de la vivienda de la pequeña para que pudiese regresar sin agobios.
Allí, con el portón entreabierto hubo familiares esperándola hasta las seis de la tarde, cuando empezó a anochecer. Poco después, se reorganizaba la búsqueda por las mismas zonas que durante el día, aunque esta vez con potentes linternas.
A las nueve de la noche cuatro guardias civiles visitaron al padre de la niña, que pasó todo el día en la primera fila del operativo de rescate, y a la madre, que hizo guardia en la casa familiar, esperando y disuadiendo con firmeza a los periodistas que se interesaban por el caso.
Las vecinas, preocupadas, hablaban de las niñas, a las que ven cada mañana cogiendo el bus para acudir al centro coruñés en el que estudian. «Van sempre guapas, cheas de lazos e con uniformes», dice una de ellas.