Vecinos de Ferrol Vello piden desde el 2001 a Urbanismo que actúe sobre una vivienda ruinosa que afecta a sus hogares
En Ferrol Vello es imposible contar con los dedos de las manos la cantidad de viviendas históricas en estado ruinoso. Pero hay una que llama especialmente la atención. Es el número 44 de la calle Espartero. Una colección de carteles confeccionados por uno de los vecinos de esa finca apunta directamente hacia una fachada desmantelada años atrás y tapada con una de las clásicas redes de color verde que proliferan en los cascos históricos de la ciudad.
«Señores Irisarri y Mato, los proyectos están en Urbanismo, pero la realidad está aquí», reza el texto que cuelga de uno de los balcones del número 46. «Calle del Sol, 48 horas de ejecución; aquí, años», reivindica otro de los carteles.
El redactor de esas consignas, Justo Lorenzo Bustabad, de 54 años, es un militar en la reserva, nacido en el barrio y que hace casi una década que se hizo con la propiedad. Sueña con rehabilitar la casa de su infancia. Tuvo que negociar con media familia para recomprar la vivienda, fruto de herencias entre tres generaciones distintas. El número 46 de Espartero fue construido en 1843, y reformado después, en el año 1922, por el afamado Rodolfo Ucha Piñeiro.
«Es una joya», sentencia Justo, «pero para mí tiene más valor sentimental». Y es por esto que en diciembre del 2006 registró su solicitud de rehabilitación en la oficina técnica del Ayuntamiento. «Me puedo acoger a ayudas» de distintas administraciones, pero el asunto está ahora en punto muerto.
Con anterioridad a eso, tanto el propietario del 46 como Javier Durán y Silvina Justo (los dueños del número 42) iniciaron en el año 2001 una cruzada para intentar frenar la ruina de la edificación que flanquean, la del número 44. «Cuando llueve -explica Silvina, de 69 años-, se ve correr el agua por las paredes». Y se refiere al interior de su propia casa, que restauraron a principios de los setenta.
Órdenes de ejecución
Hace ocho años, los vecinos consiguieron que el Concello abriese un expediente urbanístico a la propiedad del 44. Desde entonces, se incoaron varias órdenes de ejecución urgente y amenazas de sanción económica para detener el avance de las ruinas, y otros tantos informes técnicos y policiales en los que se explica que esas instrucciones cayeron en saco roto.
Y ahora las humedades continúan, pero son el menor de los problemas a los que se enfrentan los vecinos. Como una manzana podre en un cesto repleto de frutos, los residentes de los números 42 y 46 se temen lo peor: «Que nos quedemos sepultados entre los escombros», escribió Justo en una de sus múltiples denuncias presentadas ante el Ayuntamiento. Eso sucedió poco después de que, en abril del año pasado, se desplomase el número 92 de la calle Magdalena.
El último atestado policial redactado a instancias de las denuncias vecinales data de mayo del 2007. Entonces constataron los agentes que «se desprendían cascotes sobre la acera».
La fachada frontal está ya asegurada, pero el problema se ha trasladado a la trasera. Eso suscitó, en el 2006, un segundo expediente urbanístico por los daños detectados desde la parcela de Justo Lorenzo. Las demandas municipales, casi similares a las de la parte anterior de la casa: reparar cristales rotos, asegurar la fachada, impedir la entrada de animales («a veces, salen por debajo de la puerta unas ratas enormes», señalan los vecinos), canalización de las aguas...
Mientras tanto, el número 46 sigue a la espera de ser rehabilitado. «Pero no puedo invertir si mañana se me puede caer todo encima», dice Justo, quien señala que desde el suceso de la calle Magdalena, los edificios en peor estado tienen preferencia en la concesión de subvenciones. Aún así, el vecino señala que «si tuviera la garantía de que van a hacer algo, empezaría la obra mañana mismo». Mientras tanto, solo puede ver cómo las ruinas se comen también su propiedad. «Quiero restaurar mi casa y no me dejan hacerlo», concluye otro cartel.
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