El príncipe Felipe de Borbón ya no lo tenía fácil para suceder al rey Juan Carlos sin una turbulencia seria en la opinión pública. Pero se lo ha puesto bastante más difícil su cuñado, Iñaki Urdangarin, todavía duque de Palma. El asunto está presente a diario en los medios y es materia preferente en cualquier conversación, junto con la crisis y el futuro Gobierno de Mariano Rajoy. Si las actividades poco éticas de Urdangarin son ciertas o no, ya lo dirá un juez. Para saber que lastran gravemente el esfuerzo profesional del príncipe y de doña Letizia para preparar la transición en la Corona, no hace falta esperar: la popularidad de la monarquía ha retrocedido y los partidarios de una alternativa republicana se han crecido. Definitivamente, se han puesto palos en la ruedas del príncipe para esa segunda transición: pasar el crédito de confianza de los juancarlistas a don Felipe, un joven de magnífica formación que debe ganarse la confianza popular. Su padre fue uno de los motores del cambio democrático y paró el golpe del 23- F. Al hijo, como al soldado, el valor se le supone.
«Soy republicano y catalanista -señalaba un gran empresario en Barcelona-, pero, bien pensado, prefiero esta monarquía a una república presidida por Aznar, o alguien así; si no se hacen tonterías, claro». Don Felipe y doña Letizia llevan trabajándose a los líderes de opinión desde hace algunos años con gran dedicación y aceptación. El jueves pasado se comprobó una vez más al presentar en Barcelona la fundación Príncipe de Girona. Artur Mas, la mitad de su Gobierno y mil personas influyentes de la sociedad catalana arroparon al heredero. Los que no lo había escuchado salieron impresionados de la calidad de su discurso y de la pronunciación del idioma catalán en el que leyó buena parte de su intervención.
Nadie puede negarle a los príncipes un esfuerzo notable por ganar esta batalla que es vital, para ellos sin duda, pero también para la estabilidad institucional de España. Y no parece que, de momento, en la Casa Real se lo faciliten demasiado, si se observa su restringida agenda. Pero han sabido encontrar un espacio propio en el que son bien aceptados: el mundo profesional de directivos y empresarios y también de los jóvenes emprendedores. Cuando un joven le preguntaba en una reunión a doña Letizia cuál era su trabajo exactamente, le puso un ejemplo: «¿Sabes dónde estuve hace poco? En Polonia y me dediqué a venderle a las autoridades de allí las bondades de los trenes que fabricamos, porque así apoyo a la industria de mi país».
Se equivocan quienes creen que el rey no había intervenido hasta ahora en el asunto Urdangarin. No vive por causalidad fuera de España, lejos de sus actividades anteriores. Contrató a un abogado externo a la Casa Real, al conde de Fontao, para investigar el montaje de esas empresas, tratando de reconducir el desaguisado, y pidió ayuda a algunos empresarios para la expatriación. En la frialdad de las notas de la Casa Real se aprecia el disgusto y la preocupación. Y no ha terminado todo: ni en el plano judicial, ni en las medidas de alejamiento de Urdangarin de la Casa Real.
Una diputada de Barcelona narra que se percataron de que algo pasaba, primero al enterarse del palacete que Urdangarin compró en el lujoso barrio de Pedralbes, y después en el entierro de Samaranch. «Los duques de Palma daban la espalda a los príncipes». El asunto no es de hace un mes. Repararlo puede costar años.