Boyer rechaza su vuelta y dice que si siguen bajando sueldos al Ejecutivo solo irán los analfabetos.
«Si lo hace lo hará y si lo hace no lo anunciará, y si no lo hace pues no lo hará». De esta tautológica manera resumió ayer Manuel Chaves las intenciones del presidente Zapatero respecto de la remodelación del Gobierno. La inminencia de una crisis estaba tan asumida en las filas socialistas, e incluso por algunos ministros, que el presidente reunió el lunes a los tres vicepresidentes y al ministro José Blanco para asegurarles que no tiene «ninguna intención» de cambiar «ahora» el Gobierno, según reveló Chaves.
La reunión revela de una parte la imparable ascendencia del ministro de Fomento, que ayer optó por hacerse el sordo cuando se le preguntó por la reunión, y, de otra, la desaparición de la vicepresidenta primera, Fernández de la Vega, que dejó una vez más en manos de Blanco y Chaves, como viene siendo norma en los últimos tiempos, el encargo del presidente de transmitir a la opinión pública un discurso de normalidad política.
En realidad, la remodelación del Gobierno es una decisión ya tomada a la que solo falta fijar la fecha. Que probablemente se retrase hasta finales de julio, o incluso hasta el mes de septiembre, cuando comience la elaboración de las listas electorales para los comicios catalanes y las autonómicas y locales del próximo año. Eso justificaría la salida de varios ministros del Gobierno, lo que permitiría a Zapatero reducir su composición reajustando el organigrama, combinando ministerios y, sobre todo, reforzar el peso político de José Blanco.
Zapatero se siente más libre para gestionar los tiempos tras los apoyos recibidos en los últimos días, tanto en el Consejo Europeo como del propio presidente Obama. Ha recobrado la suficiente seguridad como para descartar el pacto interno con los felipistas, que llevó a que se planteara incluso la entrada en el Gobierno de viejas glorias como Javier Solana, Joaquín Almunia e incluso el primero ministro de Economía con González, Miguel Boyer. Este último mostró el lunes, con evidente desdén, su desinterés por volver al Gobierno. En su intervención en un foro económico, llegó a afirmar que si se sigue bajando el sueldo a los ministros, «a la alta Administración pronto solo llegarán los analfabetos». Unas declaraciones que levantaron ayer la consiguiente polémica. Más diplomático, pero no menos explícito a la hora de autodescartarse de las quinielas, fue Joaquín Almunia. El vicepresidente de la Comisión Europea aseguró que su única intención en estos momentos es «seguir estando unos cuantos años más» en Bruselas.
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