Una apuesta fracasada de Zapatero

ESPAÑA

El presidente nombró a Fernández Bermejo para contrarrestar a un Poder Judicial dominado por los conservadores, pero su mal talante y sus errores agravaron el problema

24 feb 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

La dimisión de Mariano Fernández Bermejo supone la confirmación de lo que muchos socialistas llevaban tiempo diciendo: que su designación en febrero del 2007 para sustituir al canario Juan Fernando López Aguilar fue un error catastrófico. López Aguilar era entonces uno de los ministros mejor valorados. Bermejo, según el último sondeo del CIS, realizado antes de conocerse que es un cazador furtivo y de la huelga de jueces, es el segundo peor valorado, solo por delante de Magdalena Álvarez, candidata a seguir sus pasos.

¿Qué ocurrió para que Zapatero asumiera una apuesta tan arriesgada? En aquella época, el Gobierno mantenía un grave enfrentamiento con el Consejo General del Poder Judicial, controlado por una mayoría de jueces conservadores promocionados por Aznar. Con un PP perdido en sus batallas, los informes críticos del Consejo General del Poder Judicial y las manifestaciones de su entonces presidente Francisco José Hernando eran todo un desafío de poderes.

Zapatero aceptó el reto y sustituyó al moderado López Aguilar por un hombre con fama de duro temido incluso por los suyos, que no le dieron ni un voto cuando fue propuesto como fiscal jefe de Madrid. Bermejo tenía clara su misión: meter en cintura a los jueces y denunciar su vinculación con el PP. Y no perdió el tiempo. El día de su toma de posesión aseguró que el Consejo General del Poder Judicial necesitaba recuperar «la legitimidad de la que hoy carece».

Algunos socialistas pensaron ya si Zapatero no se había pasado de frenada. Unos días después, Bermejo debutaba en el Congreso. El PP quería acorralarlo con un alud de preguntas. Pero el ministro se despachó a gusto y dio muestras de su tendencia a la sobreactuación. «Usted me puede dar lecciones de ladrillos, pero en el ámbito del derecho no le admito correcciones», le espetó de salida a Zaplana. Y tras otra trifulca con Michavila, se retiró torero y sonriente. «Que salga el siguiente», parecía decir.

Que Bermejo era un duro quedó claro. Pero tras aquella salida fulgurante, no solo su misión de imponer autoridad a los jueces se rebeló como un fracaso, sino que acumuló pronto una lista de errores difícil de igualar.

Piso reformado. Al poco de ser nombrado gastó 250.000 euros en reformar una vivienda oficial en la que María Antonio Trujillo vivió tres años sin problema alguno.

Estatuto Fiscal. Su primera medida, la reforma del Estatuto Fiscal, fue duramente contestada entre sus compañeros de carrera, que la tacharon de purga.

Huelga de funcionarios. En el 2008 se produjo la mayor huelga de funcionarios de Justicia de la democracia, duró dos meses.

Paro de secretarios. En octubre del 2008, los secretarios judiciales pararon durante tres horas para protestar por la falta de medios y exceso de trabajo.

Renovación del CGPJ. Zapatero comprendió que con Bermejo era imposible renovar el Consejo General del Poder Judicial y apartó al ministro de la negociación, que dejó en manos del portavoz José Antonio Alonso, que logró el pacto con el PP.

Caso Mari Luz. Bermejo no supo reconducir la polémica por la mínima sanción impuesta al juez del caso Mari Luz. Sus amenazas a los jueces enconaron más la situación.

Huelga de jueces. El pasado 18 de febrero su produjo la primera huelga de jueces de la democracia para reclamar medios.

Caza furtiva. Bermejo pasó un fin de semana cazando con el juez Garzón después de que este encarcelara a los principales imputados en el caso de corrupción que afecta al PP. El ministro, además, carecía de licencia, lo que le convierte en furtivo.

El problema de Bermejo ha sido que su vehemencia le impidió ver que Zapatero había cambiado hace tiempo de estrategia. Tras imponer la mayoría progresista en el Consejo General del Poder Judicial, el presidente optó por el diálogo y para dejarlo claro situó a un ferviente católico como Carlos Dívar al frente. Pero el ministro seguía a lo suyo, repartiendo estopa a jueces, fiscales, políticos y lo que le pusieran delante. La berlanguiana cacería junto a Garzón le ha dado a Zapatero la excusa perfecta para deshacerse de él.