Pequeños y grandes dramas en un negocio con menos clientes de los que indica el bum de establecimientos
20 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.«Llevábamos un tiempo aguantando para no hacerlo, pero llega un momento en que no se puede aguantar más». Daniel se encoge de hombros en la fría mañana coruñesa de junio. Tomamos un café junto al establecimiento de compraventa de oro del que acaba de salir con su pareja, Laura, que no dice nada. Ella guarda dos alianzas en el bolso que no ha vendido. Pensaron que les darían más. Van a consultar en otra tienda. «Ya ves -dice-, acabas rebuscando lo último que te queda para subsistir. Literalmente». Tienen 35 y 24 años. Él es músico, ella estaba en la limpieza hasta marzo. Ahora están alojados en casa de unos amigos. Provisionalmente, claro. Y no sale nada. Daniel reparte publicidad ocasionalmente. Un día pateando la ciudad, 30 euros en el mejor de los casos. Pero ni de eso hay. Así que allá van las alianzas. Al mejor postor. No verán el día siguiente en su poder.
Daniel y Laura, una joven pareja que se asoma con miedo a la exclusión no son, según los que están detrás de las ventanillas, el prototipo del cliente. Los hay, claro. Gente que se derrumba en el momento de vender algo que pensaba que nunca vendería. Pero no es lo más normal. El dramatismo o no existe, o no aflora todo lo que la situación induce a pensar.
La pulserita de María
Media ciudad más arriba, tomo otro café, con María, una joven madre que sale de uno de los establecimientos de nuevo cuño. «En realidad, me decidí porque no veo más que anuncios. Y tenía una pulserita rota que no usaba, así que hoy entré. Esperaba unos diez euros y me dieron quince». No hay desesperación en sus palabras. Ella está en el paro, pero su marido, no. Tampoco sabe que se ha decidido a vender la pulsera. «Este mes estábamos un poco más apretados y por eso me vendrá bien». Quince euros no parece una gran ayuda. Pero María la da por buena. Su hijo, de tres años, nos interrumpe constantemente con una gastada y pequeña réplica del Renault que Alonso pilotaba el año pasado.
-¿Volverá?
-No lo creo.
Sin embargo, muchos vuelven. «Yo tengo hasta seis contratos el mismo mes y de la misma persona», confirman en otro negocio que abrió este año en A Coruña. Es un discurso común. La primera vez, se entra con incomodidad, algo de vergüenza. Pero el precio no es malo. Y la crisis aprieta. Sin embargo, en dos horas de rigurosa observación a la puerta del negocio, apenas entran dos personas. Una de ellas, una señora madura, sale a paso ligero y cambia de sitio un sobre dentro de su bolso. «No, no. Solo he venido a preguntar. Es la primera vez, claro. No creo que venda. Es que hay tantas, que me llama la atención». ¿Me cuenta la verdad? Lo dudo.
Quinientos euros
Dicen los encargados que la venta de oro es un negocio de mujeres; que, aunque el perfil se ha ido diversificando con la necesidad, es más fácil verlas a ellas que a ellos. Un hombre suele traer una pieza. Una alianza, un reloj. Las señoras vienen con la bolsita en la que recopilan las piezas de las que se deshacen. Delante de mí, en un primer piso de A Coruña, una señora dobla toda ufana cinco billetes de cien euros. Tras el cristal reposan tres monedas de oro que acaban de cambiar de mano. «No hemos ganado nada con esta operación ?-explica más tarde Alejandra, la encargada de la tienda Orocasa-, pero seguramente hemos ganado una clienta que volverá porque ha conseguido un buen precio».
El recurso del primer piso no es baladí. Alejandra explica que contribuye a dar confianza al cliente. De esta manera, quien entra en un portal donde, pese a los llamativos reclamos amarillos que lo rodean, hay otros despachos o viviendas, se siente más protegido ante las miradas de otros, con su intimidad más preservada.
En uno de esos primeros pisos, un empresario veterano, algo fastidiado por la atención mediática que está recibiendo él y su competencia, me invita a pasar a su despacho mientras comenta la evolución del sector. Nos interrumpe un cliente. No le oigo, pero sí al dueño:
-Esto es oro muy bajo; oro inglés. Casi no te vale la pena ni venderlo.
El cliente debe insistir, porque el empresario entra en el despacho y deposita sobre una balanza dos alianzas. Las pesa y vuelve a la ventanilla: «Te puedo dar 25 euros. Pero no creo que te merezca la pena venderlas».
Y la voz que no puedo oír, se va con las alianzas que yo diría que ya he visto esa misma mañana.
exto