Ibán Espadas tuvo uno de esos días en los que es mejor no levantarse de la cama y acabó lesionado
PONTEVEDRA
Iban Espadas vivió uno de los partidos más amargos de su carrera. Pasó casi desapercibido en el primer período, al igual que sus compañeros, pero reapareció con fuerza en la segunda parte. El vasco se vació en el terreno de juego como suele ser habitual, pero la fortuna le dio la espalda desde los segundos iniciales.
En la primera ocasión cruzó en exceso el esférico, las dos siguientes no entraron porque un defensa sacó ambos balones bajo palos y en la cuarta oportunidad su disparo solo se desvió unos centímetros de la portería canaria. Estaba claro que no era su día.
Sin embargo, el delantero, que no cree en partidos gafe, confiaba en que su suerte cambiaría en el penalti decisivo. Ni corto ni perezoso, y con una gran dosis de valentía, cogió la pelota y engañó a Santi, pero la cruceta impidió que se cumpliera eso de que no hay quinto malo. Nadie más que él merecía el tanto, pero el balón se negó a entrar.
Lo único que le faltaba era caer lesionado. Y eso también ocurrió. En principio se teme que pueda tener un esguince de rodilla.