El que fuera vicepresidente con Laporta regresa al Barça para dirigirlo durante los próximos seis años
14 jun 2010 . Actualizado a las 10:50 h.El nuevo presidente del Barça «es un pijo» y un «niño de papá», según apuntó Laporta hace un año en su biografía. Una obra en la que asegura haber escuchado a su sucesor pronunciar el siguiente axioma culinario: «Cuando comes demasiado caviar, al final te sabe a pollo».
Claro que las afirmaciones no parecen demasiado fiables en boca de alguien que recorrió ese fugaz tránsito que va del amor al odio. Lo que el Barça unió y dio frutos (la Liga del 2005) lo separó un choque de egos y el vicepresidente deportivo abandonó el Barça por la puerta de atrás, acusando a Laporta de haber fallado a sus principios.
Ha pasado un lustro desde aquello y Sandro Rosell (Barcelona, 1964) regresa al club de su vida para intentar perpetuar los éxitos de su odiado Joan. Eso sí, el modelo cambiará: «En el Barça no caben los extremismos» dijo hace unos días a modo de recadito al presidente saliente, al que acusa de politizar la entidad.
Más allá de la filosofía, habrá retoques más palpables. El nuevo hombre al mando pretende, entre otras cosas, cambiar los horarios de los partidos de su equipo para llenar el Camp Nou de familias. Al fin y al cabo es eso, un segundo núcleo familiar, lo que Rosell dice ver en el Barcelona, donde enriqueció de niño la nómina de ilustres recogepelotas (Guardiola también fue de esa misma partida).
Dejó el campo para consolidar su estilo urbano de hombre de negocios y gente bien. Habitual en los clubes de marca de la alta sociedad catalana, pronto mostró talante emprendedor y falta de fronteras, buscando la inversión buena por medio mundo. De su visión comercial y dotes para la venta se percató la todopoderosa Nike, que lo convirtió en delegado para España y Portugal antes de mandarlo a prestar servicios en Brasil.
La etapa brasileña
Allí, al abrigo del calor de Río, iba a recuperar Rosell el contacto con el balón. Ya no se trataba de devolverlo al césped desde la grada sino de convertir a los genios de la bola en objetos de deseo. Por la vía del empleo se hizo un hueco en el superlativo mundillo de los astros del deporte rey. Todavía más desaforado cuando de Brasil se trata. Él fue uno de los testigos, mudos hasta la fecha, de aquella odisea entre bambalinas de Ronaldo en la final del Mundial de París.
Los contactos adquiridos no solo le llevaron a fundar su propia empresa (tiene participaciones en más de una decena) sino que le valieron para convertirse en bien preciado para Laporta en su desembarco en el Barça. Él fue la llave del fichaje de Ronaldinho y el facilitador de los caprichos del Gaucho. Eran días felices, antes de que el quién hace qué en el club provocara su ruptura con Laporta.
Rosell se fue para volver, esta vez no como Sandro, sino como Alexandre. La Junta Electoral obligó al nuevo rey del Camp Barça a despojarse de su nombre de guerra en favor del de su partida de nacimiento. La fórmula de la elegancia «pija» que se sube al palco del Camp Nou.