El gol de Guti en Riazor, que no fue de Guti, sino de Benzemá, fue visto repetidamente a lo largo del domingo en casi todas las cadenas de televisión españolas y en muchas del extranjero. Significaría el 0-2 en el marcador de Riazor, campo en el que a lo largo de los 65 años desde su inauguración podría decirse que no se registró otro igual (los hubo mejores, pero no con esa maniobra tan original). Y miren ustedes lo difícil que resulta que a través de los alrededor de dos mil partidos jugados en este estadio (no me atrevo a calcular el elevado número de goles) pueda decirse esa frase de «nunca vi un gol igual».
En el archivo visual de los viejos aficionados, hay goles calificados como increíbles, únicos, imposibles y el superlativo del que se echa mano bajo el júbilo que produce la acción de uno de esos goles que llevan al delirio a quienes se ponen en pie celebrando el gol, al tiempo que el técnico y quienes lo acompañan en el equipo rival caen en el enfado, pero en el fondo no pueden ocultar la admiración por el gol que acaban de ver.
El Rey del gol es el título que le adjudicaron a Romario en su época del Barcelona. Cruyff dijo: «Romario necesita un metro cuadrado para quedarse quieto, clavar a su marcador, fintarle con un movimiento y marchar directo a la portería. Si el rival, al ver que se le va, le toca, entonces es penalti. Si lo deja marchar, gol seguro en nueve de diez veces. Romario es un jugador que crea peligro sobre una baldosa cuando otros necesitan todo el campo».
Quienes vieron marcar goles a Pahíño, a Amancio y al brasileño Bebeto, seguro que no le discuten a Cruyff lo que dijo sobre Romario, sin desmerecer la genial jugada de Guti que dio pie a este comentario.