Metió la mano en el interior de su chaqueta, extrajo su reloj de bolsillo y se lo mostró a su compañero de mesa ante la divertida mirada de varias decenas de universitarios. «¡Llevamos aquí hora y media! Qué paciencia habéis tenido, muchas gracias». Las palabras de agradecimiento eran del arquitecto Andrés Fernández Albalat y su compañero de mesa, Isaac Díaz Pardo, el que, reloj en mano, dio así por concluida una disertación de ambos en el Centro de Estudios Superiores Universitarios de Galicia (Cesuga) de A Coruña, una de cuyas especialidades es la arquitectura.
Albalat y Díaz Pardo relataron la génesis de la construcción de las dependencias de Sargadelos en el municipio lucense de Cervo y durante su intervención indicaron que la Fundación Luis Seoane ha pedido a la Consellería de Cultura la protección de los cinco grandes murales de Luis Seoane que se encuentran en la plaza central de dichas dependencias. «En Cultura dicen que tienen allí el expediente, pero hasta ahora no llegó ninguna declaración», explicó Díaz Pardo. También relató la importancia que dicho espacio había tenido como lugar de encuentro, sobre todo durante las actividades llevadas a cabo en los veranos.
Albalat detalló que la petición es que dichos murales sean declarados bien de interés Cultural: «Sería la primera vez que una de mis obras es un BIC, y eso siempre es una satisfacción, aunque tengo algunas otras que han derribado y otras que casi preferiría que las tiraran, dado el uso que están teniendo».
El arquitecto mostró los bocetos iniciales de lo que sería Sargadelos, «que no tienen nada que ver con lo que se hizo después», y animó a los futuros arquitectos allí presentes a no tener miedo a «ser crítico con uno mismo, sin llegar al narcisismo de pensar que todo sale mal».
Arquitectura de servicio
Este miembro de la Real Academia Galega insistió en la necesidad de «ver la arquitectura como un servicio y no como una genialidad», y analizó las relaciones entre el promotor y el arquitecto, que en su caso, para las obras de Sargadelos, afirmó que tenía la ventaja de «conocer lo que se cocía en O Castro».
En este sentido, Fernández Albalat mencionó a Ramón Vázquez Molezún, «uno de los mejores arquitectos de Europa, fallecido hace unos años», al que una familia le había pedido el proyecto de una vivienda unifamiliar. «Un día que fue hacerles una visita vio que tenían un hijo minusválido, algo que no le habían dicho»; Vázquez Molezún les explicó entonces que no servía el proyecto de casa que había hecho «y, en un gesto de honradez arquitectónica, tiró aquel proyecto y les hizo otro; hoy en día eso se ha perdido», lamentó Albalat.