Cuando no se escucha el ulular de las sirenas de la policía y de las ambulancias, cuando no retumban los gritos y golpes de puñetazos, los vecinos de la calle Barcelona creen que algo extraño está pasando. El silencio de los alaridos es inquietante en esta zona de la ciudad. El conflicto es la rutina. El viernes por la tarde sucedió una tragedia de esas que, preguntando en la tienda de la esquina, «se ven venir» desde hace tiempo. Marginalidad y marginación se han colado en el epicentro de un barrio de clase obrera en el que los trabajadores, estudiantes y jubilados dan vueltas y más vueltas en la cama, y en la farmacia se agotan los tapones, para intentar, muchas veces sin éxito, conciliar el sueño.
En otra punta de la ciudad, en el edificio la herradura -si no fuera penoso habría que reírse: una herradura tan desafortunada- caen los cascotes como si fueran gotas de lluvia, muy cerca de donde los hijos y nietos de los legítimos adjudicatarios de viviendas juegan a ser Iniesta. El periódico alerta de que las marquesinas vuelan como volarán el martes la paciencia y las billy y la administración ¿competente? se lanza a degüello a intentar tapar un agujero: en seis meses, todo resuelto... podemos prometer y prometemos.
Otro agujero aflora a tiro de cornisa: en San Roque algunos vecinos están convencidos de que saldrán de sus galpones con los pies por delante antes de que la junta de compensación del polígono ejecute el plan urbanístico de la zona. ¿A quiénes compensan las juntas de compensación? No a los residentes que esperan entre paredes abombadas por el frío del invierno y los calores del verano. Para ellos no hay primavera.
Caminando por el paseo marítimo rumbo a la Torre, más parrotes: cerca del patrimonio de la humanidad hay un patrimonio de la inhumanidad: ruinas y galpones que, si no se pone remedio por escrito, darán paso a unos bloques pantalla a menor gloria del monumento universalmente distinguido. En los alrededores, pintadas y desconchados. Ascendiendo por los anglirus de Monte Alto se salpican solares dejados de la mano del pinchazo inmobiliario, donde se forman lagos-cloaca porque sus dueños, como en Adelaida Muro, esperan a una nueva burbuja. En San Andrés los viejos edificios esperan igual suerte, envueltos en frágiles andamios que forman parte ya del paisaje coruñés. Un paseo por A Coruña pone al descubierto -cierto que entre aceras nuevas, centros cívicos, bibliotecas y espacios y plazas rehabilitadas con gusto-, que en A Coruña hay más parrotes que el Parrote. Algunas casas y esquinas del Agra, de Monte Alto, de Federico Tapia, son agujeros más negros, más hondos y más difíciles de tapar que el que ¿por fin? se está desatascando. Quizás se hable demasiado de planes generales, cuando hay cosas que piden a gritos un plan particular.