El cielo era un lienzo de Matisse extendido sobre el cementerio de San Amaro. Nubes grises y blancas colgaban en la tarde de ayer por encima de los verdosos olmos a cuyo lado pasaba el féretro de Gerardo Porto Montoto (A Coruña, 1925). El pintor coruñés falleció el pasado 26 de enero en Holanda, un país en cuya televisión trabajó durante 27 años, y su familia cumplió su deseo de enterrarlo en la ciudad en la que nació y donde es posible ver algunas de sus obras.
El blanco de la bufanda de Felipe Criado o de las canas de José Ramón (para siempre el pintor de la Ciudad Vieja) contrastaba con el negro del vestido de la viuda de Gerardo, el de su hermana y otros familiares. Un bisnieto de pelo rubio miraba con atención todo lo que sucedía a su alrededor.
Las incoloras lágrimas de su hermana, con la que Gerardo pasaba largas temporadas en la ciudad, expresaban el dolor por la pérdida de un artista uno de cuyos últimos logros había sido hacer posible que las obras maestras del Rijksmuseum de Ámsterdam se expusieran en A Coruña y Vigo. En el acto inaugural de dicha muestra, celebrado hace unos meses en Palexco, desde el presidente de la Xunta hasta el alcalde de la ciudad le agradecieron su gestión. «Trouxemos unhas acuarelas que alí non se expoñen porque aféctalles a luz, pero el dicía que tiñamos que traelas e así era posible ver máis cousas na Coruña que no Rijksmuseum», recordaba ayer a la entrada de San Amaro la concejala de Cultura, María Xosé Bravo.
El azul de la indumentaria de los trabajadores del cementerio que bajaban el féretro evocaba el mural que, unos cientos de metros más allá, en el Club del Mar, había hecho Gerardo Porto, un artista polifacético que a su pintura añadió la cerámica, el cartelismo, la decoración escénica o el diseño de vidrieras.
Pintores como Jano Muñoz o Fernando Prieto, que acaba de cerrar una exposición en la ciudad, también acompañaron el féretro de Gerardo Porto hasta una pared de color crema, ocupada con lápidas blancas, algunas de las cuales lucían flores amarillas y floresta verde.
Galeristas como Salvador Corroto, arquitectos como Alberto Unsain, gentes de la cultura como Pedro Vasco, asesor cultural de la Diputación provincial, y políticos como José Luis Méndez Romeu (al que Porto citaba como uno de sus valedores) arroparon a los familiares, rezando un Padre Nuestro, esa oración que Matisse, del que Porto fue discípulo, entonaba para tranquilizarse, según sus biógrafos. Y mientras amigos y familiares se fundían en abrazos, palabras de consuelo y citas para próximos encuentros (hoy a las ocho de la tarde en la colegiata de Santa María se celebrará el funeral), ante su tumba, las coronas y ramos iban formando una paleta de colores que evocaba aquellas acuarelas de Venecia que pintó Porto. Todo ello, bajo un lienzo de Matisse, de nubes blancas y grises.