Ángel Salgado, enfermero del Materno, parte mañana rumbo a la zona cero de la catástrofe para trabajar en un hospital de campaña y colaborar con un orfelinato
28 ene 2010 . Actualizado a las 11:32 h.Ángel Salgado Mosquera solo dispara en su puesto de trabajo y ni siquiera tiene que ver con el manejo de armas letales. Al contrario. Es enfermero en la unidad de litotricia del Hospital Teresa Herrera, donde se encarga, entre otras cosas, de pulsar para que las ondas de choque pulvericen los cálculos biliares. Durante un mes dejará de hacerlo para formar parte de una expedición sanitaria que mañana mismo parte rumbo a Haití. «Me llamaron porque ya nos conocíamos de Ruanda -cuenta-, necesitaban gente para montar un hospital de campaña en un campo de refugiados y atender una especie de orfelinato que tiene la oenegé adventista Adra». No pudo negarse. Estaba dispuesto, como acostumbra a hacer, a pedir su mes de vacaciones, pero «el hospital dijo que no era necesario, desde el primer momento me apoyaron y me han ayudado», agradece.
El avión lo llevará a la República Dominicana, «los ricos de la isla», ironiza, país que ya conoce y en el que él mismo hace años trató de montar un comedor social para niños en el barrio de Los Cartones. Con él viajarán una decena de personas de distintos puntos de España, sobre todo de Valencia y Barcelona. Todos son del ámbito sanitario: un traumatólogo, un ginecólogo, un cirujano, un internista, dos pediatras y enfermería de quirófanos. Van dispuestos a «hacer todo lo que se pueda» y solo espera «llegar a tiempo para no tener que amputar demasiado».
Frente a la inquietud de su familia por el clima de violencia que se forja sobre la carencia de lo prioritario, a él le preocupa más el problema del agua. Pero no habla de la sed, sino de la imposibilidad de «diluir los sueros de rehidratación para los niños» si no cuentan con suficiente líquido. Al margen de limpiar heridas, suturar, en definitiva, cuidar a las maltrechas víctimas, tiene intención también de hacer todo lo posible por contactar con las autoridades para, de alguna forma, ver las posibilidades de poner en marcha algún programa de acogimiento temporal de los miles de huérfanos que ha dejado el terremoto.
En particular, Ángel se lleva su propio maletín con material básico, a pesar de que ya en la zona está programado que reciban un kit para trabajar durante una semana, y cuentan también con que a su llegada estén en la zona las dos toneladas de medicamentos para calmar tanto dolor concentrado. Su compra ha sido, precisamente, el motivo de que se demorase la salida de la expedición humanitaria. Allí tendrán también las barritas energéticas y el paté en tubo, «como si fuera pasta de dientes», explica, para alimentarse. «Si ellos han sobrevivido -dice-, cómo no vamos a aguantar nosotros». Para cuando el cansancio haga mella, ya son varios los compañeros del Chuac que se han interesado en darle el relevo. «Allí las necesidades son todas, y no se arreglan en un mes».