La fama de la torre de Pisa le llegó justo al poco tiempo de iniciarse su construcción -en el año 1173-, momento en el que ya comenzó a caerse hacia un lado, puesto que desde el principio el proyecto era imperfecto, motivado por unos cimientos muy débiles (de solo tres metros) y un subsuelo inestable. Este monumento italiano, que es el campanario de la catedral adyacente, tardó casi doscientos años en levantarse, y se calcula que tiene una altura de cerca de 55,8 metros, 14.700 toneladas de peso y una inclinación de unos cuatro grados. En total, tiene ocho niveles de altura y para llegar a la cima hay que subir 294 peldaños de una escalera en espiral, es decir, 60 más que para acceder al mirador de la torre de Hércules.
Aunque en un principio se pensó que su diseño estaba firmado por Guglielmo y Bonanno Pisano, en la actualidad no está claro que fuese él quien inició las obras, en cuya construcción también participaron los arquitectos Giovanni di Simone (1272) y Tommasso di Andrea Pisano (1372). Fue precisamente este quien levantó la última planta, donde se colocaron siete campanas, correspondiendo cada una de ellas a una nota musical.
La inclinación de la torre de Pisa se hizo más patente en 1655, e incluso años más tarde Benito Mussolini ordenó ponerla en posición vertical, pero lo único que consiguió fue que se hundiese más en la tierra reblandecida. En 1964 el gobierno italiano pidió ayudas para prevenir su derrumbe, y en el año 1990 se cerraba al público como medida de precaución. Tras realizar un intenso trabajo de reconstrucción que se prolongó durante una década, el 16 de junio del 2001, la torre volvía a abrir sus puertas.