El espectáculo infantil «Cantajuego» reunió a 4.000 personas en el Coliseo

A CORUÑA

22 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

El fenómeno infantil Cantajuego aterrizó ayer en A Coruña y, como viene haciendo en todas las ciudades en las que hace escala, triunfó. Ningún sitio quedó libre en las 4.000 localidades puestas a la venta. Ello se tradujo en un gran atasco en los accesos al Coliseo durante la media hora previa al espectáculo. Varias patrullas del 092 se encargaron de regular el tráfico hasta el inicio del show.

No fueron los coches los únicos vehículos que acudieron masivamente. La zona reservada dentro del Coliseo para el aparcamiento de carritos de niños también presentaba un lleno casi total. Y es que Cantajuego ha calado en el mundo infantil de un modo tal que ha llegado incluso a los niños que todavía pasean en carricoche. También entre los que usan pañales. De ahí las zonas habilitadas para facilitar el cambio de estos en los servicios.

Sea como sea, a las 18.30 horas niños y padres estaban en sus asientos. Ese fue el momento en el que sonó eso de «Un elefante se balanceaba sobre la cuerda de una araña» y las gradas del Coliseo se llenaron de palmas. La propuesta de Cantajuego resulta tan sencilla como efectiva. Pese a tener su origen en la era de Internet, la Wii y la Play, su puesta en escena responde perfectamente a un producto de los años ochenta. Si no fuera por las pantallas de vídeo -sobre las que se proyectan dibujos fijos-, se podría ubicar incluso en los setenta.

El repertorio, una recopilación de canciones infantiles de las de toda la vida, lo interpreta el grupo Encanto. Y responde a lo previsto. Petos vaqueros ellos. Coletas a los lados ellas. Con camisetas rojas y dicción hiperjuvenil ambos se dirigen a los niños como amigos y los embarcan en un mundo en los que los gatos hacen miau, los perros guau y los cocodrilos alzan su morro con los brazos en angulo de 90 grados simulando un mordisco.

La respuesta en la grada no se hizo esperar. Muchos de los niños se quedaron alelados. Boquiabiertos al ver sobre un escenario de verdad a los personajes que día a día sus padres les ponen en deuvedés. Las madres, no se sabe si preocupadas ante la petrificación de sus críos o una regresión a la infancia, no dejaban de aplaudir, gesticular y, bueno, en más de un caso terminaron movieron a sus niños como si fuera marionetas.

«¡Bieeeeen!»

La parálisis duró un instante. Cuando Encanto preguntaron a los niños cómo estaban, la respuesta no dejó dudas: «¡Bieeeeen!». A partir de ahí, fueron desfilando personajes como el Burrito Pepe o el Caballo Verde. También canciones como El barquito chiquitito y El patio de mi casa. Pero, sobre todo, esa alegría infantil que se manifiesta en aplausos inconexos, pataleos y onomatopeyas a voz en grito.

La cosa se prolongó incluso después de terminada la función. Cientos de niños se quedaron en el Coliseo para fotografiarse con sus ídolos. «¡Son los de verdad!», decía uno de los pequeños.