«Ojalá el AVE revitalice San Cristóbal, porque el tren no es lo que era»

A CORUÑA

El dueño del bar Cacique celebró ayer el décimo aniversario del local con una fiesta

19 ene 2009 . Actualizado a las 12:43 h.

La noche le dejó el nombre por el que le conoce todo el mundo. Henry es el propietario del bar Cacique, el negocio que regenta a una veintena de metros del local que ocupó el bar Curtis, propiedad de su padre. Casado y sin hijos, celebraba ayer rodeado de clientes y amigos el décimo aniversario de la apertura del local y el séptimo de su nueva vida.

Porque para José Enrique Cernadas Sánchez, que así se llama, todo dio un giro en el año 2001. Hasta ese momento convivía con una diabetes diagnosticada a los trece años y con una insuficiencia renal. Ello no le impedía desarrollar su carrera profesional. Así, tras completar sus estudios de Administrativo y con la muerte de su madre aún reciente, en 1988 hizo la maleta y emigró a Canarias. Aguantó un año en las islas y, con lo que ahorró, montó su primer negocio en Galicia. «Fue la discoteca Kassual, en Curtis, porque de allí era mi padre. Funcionaba de forma extraordinaria. El pueblo vivía un gran momento, pero algunos empresarios equivocaron las políticas de precios y la burbuja se deshinchó».

A él le pilló ya lejos la crisis. «Ordes empezaba a ser uno de los epicentros de la movida y allá nos fuimos, con el Mueve Mueve», prosigue.

Entonces, la carretera era el hilo conductor de su vida y el estrés no hizo más que empeorar su salud. «Tuve que elegir. Empecé a someterme a diálisis y fui cerrando los negocios. Solo me quedé con el Cacique, que acababa de abrir porque tenía el bajo y nadie me pagaba lo suficiente por alquilarlo», añade.

La insulina no conseguía darle la suficiente fuerza para pelear y el hospital se convirtió en su segunda casa. «Estaba casi en el otro mundo cuando en marzo del 2001 me llamaron para decirme que había un posible donante compatible conmigo. No lo dudé ni un segundo. Entré en el quirófano pensando en que si todo salía bien, perfecto, pero sino, que allí se acababa todo».

La moneda al aire salió cara. «Fueron nueve horas en el quirófano y tres días en la UCI, pero a los dieciséis días ya estaba en mi casa y haciendo una vida prácticamente normal», afirma mientras le cuesta un poco recordar la fecha exacta de su intervención: el 20 de marzo.

Con su nueva vida ya estrenada, su sentimiento es de gratitud hacia el donante. «Nos dijeron que era un asturiano que estuvo una semana en coma por causa de un accidente laboral. Siento una gratitud enorme hacia él. Y también es cierto que alguna curiosidad, pero nunca he querido conocer a la familia del donante, porque nunca sabes como van a reaccionar. Pero es un gesto que no podré olvidar nunca y doy gracias cada día por ello», asegura.

Planes de futuro

Henry mira ahora al futuro con ilusión. Frente a su negocio se alza la vieja estación de tren de San Cristóbal. «Yo me crié aquí y recuerdo los fines de semana, cuando todo esto se ponía de bote en bote, con gente por todas partes. Ahora, apenas hay nadie. Ojalá que el AVE sirva para revitalizar toda la zona de la estación, porque el tren ya no es lo que era», relata detrás de una de las mesas de su negocio, donde trabajan ocho empleados.

Su tiempo libre lo absorben sus cuatro perros -dos caniches, un stanford y una pastora belga- y una casa adquirida en el lugar de Belén, en el límite entre los municipios de Curtis y Oza dos Ríos. «Allí vivió mi madre y me crié yo hasta los tres años. La compré en mayo por un factor sentimental y estoy intentando rehabilitarla, pero hay tanto trabajo que no sabes ni por dónde empezar», apunta mientras ultima los detalles de la gran fiesta de aniversario. Ayer lo festejó por todo lo alto con sus amigos y clientes. «Ojalá podamos seguir muchos años acordándonos de estos buenos momentos», resume.