«Me dijeron que sin contrato era mejor; que si no, me subía el precio», dice un ex inquilino
A CORUÑA
M. F vivió en uno de esos bungalós de la calle Burdeos hace siete años. «Cuando llegas a una ciudad nueva, pues lo primero que miras son los anuncios del periódico o vas a la zona para mirar habitaciones». Este joven se encontró con varias dificultades cuando llamó a uno de los números que ofrecían alojamiento. «Les dije que me interesaría ir a verla, me preguntaron si era estudiante y cuando les dije que no, llegaron los problemas». Al final les convenció diciéndoles que era su primer trabajo. «Si ven que te desenvuelves un poco y que no eres estudiante, se preocupan. Luego, llegaron las indicaciones, de que si tenía novia no podía venir a verme, que no podía llevar a nadie allí, que qué hacía los fines de semana, si me iba a casa o no».
Limpieza
Él pagaba por aquel entonces veinte mil pesetas al mes. «Por supuesto que no te daban contrato. Me decía que así era mejor para mí, porque si me lo hacía me tenían que subir el precio». Recuerda que cuando le alquilaron el galpón, el precio incluía la limpieza del mismo una vez a la semana. «Si venía a pasar una fregona los sábados ya era mucho». Las viviendas estaban construidas sobre la tierra, «hacía un frío y una humedad para morirte», aclara este joven.
M.?F. vivió durante tres meses con seis personas más en uno de esos galpones. En la parte del bajo de la vivienda había tres habitaciones más y en la parte superior vivían los dueños. Señala que la situación se repetía por toda la zona. «Por la mañana temprano era una marea de estudiantes que salían de los chalés para ir a clase».
Coches de lujo
M.?F en la actualidad reside en el extranjero, pero se muestra satisfecho con que todo esto saliera a luz. «Aquí sí se pagan impuestos, los pagamos todos. Estos señores lo manejan en plan mafia, y tienen montado un negocio del chungo. ¡Tenían unos cochazos!». Y añade: «Si no llega a ser por el estudio, no se iba a saber, porque los estudiantes no hacen la declaración de la renta».
Abandonó el piso porque «la propietaria, la única que tenía llaves, entraba en mi habitación y me cambiaba las cosas de sitio».