Berta Alonso tiene 58 años y dolor desde hace 20. «Estoy diagnosticada por el reumatólogo desde hace nueve o diez años, antes no tenía nada, que si las cervicales, que si... pero nada», explicaba ayer en la plaza de María Pita.
Cuando el especialista pronunció la palabra fibromialgia «yo no sabía si era malo o bueno -recuerda-, pero fue un alivio saber que no estaba loca». Así resume una vivencia conocida por muchos pacientes, que sufren dolor y cansancio sin causa conocida y a los que el peregrinaje de médico en médico con múltiples y variados diagnósticos (depresión incluida) acaba por hacer dudar de su propio equilibrio.
Cuenta Berta que «no es mi caso, pero hay familias que no entienden que siempre se sienta agotamiento, que duelan las articulaciones, que un día no seas capaz de levantarte...», lo que complica aún más el día a día de quien sufre ese mal que se diagnostica por reacción dolorosa a la presión en 11 de 18 puntos del cuerpo (músculos, tendones, tejidos blandos).
A Berta, la enfermedad le dificultó bastante criar a sus cuatro hijos: «Dejé la casa más abandonada, estoy limitada para pasar el aspirador, tengo dolor al mínimo esfuerzo, pero a otra gente le cuesta el puesto de trabajo», recuerda. «Hay médicos reacios a diagnosticar y ya lo que es imposible es que te den una incapacidad por fibromialgia, lo podrán hacer por cualquier otra cosa, pero por fibromialgia, no».
A ella le va bastante bien el ejercicio moderado, la natación y los masajes «suaves» y trata de no tirar de analgésicos y antiinflamatorios más que cuando ya no puede más, pero sabe también de personas que han recurrido hasta a la morfina. Ayer a María Pita la llevó el único propósito de «reclamar que investiguen algo que nos quite el dolor».