Las grandes bodegas del albariño reciben ya una media de seis mil visitas anuales
Una película, Entre Copas, fue la encargada de poner de moda el turismo del vino en el Valle de Napa, California. Las Rías Baixas están muy lejos del estado americano, pero en sus bodegas es hoy posible hacer muchas de las actividades que se mostraban en aquella cinta. Pasear entre viñedos, asistir a catas en directo, alojarse en una bodega e incluso sumergirse en una bañera de vino son solo algunas de las actividades que componen la oferta que bodegas, restaurantes y hoteles ofrecen a través de la Ruta do Viño Rías Baixas. Un producto que, año tras año, gana adeptos. Y es que las grandes empresas del albariño ya están recibiendo una media de seis mil visitas anuales.
Cada vez son más las bodegas que cuentan con un departamento de enoturismo. Y que personalizan y cuidan hasta el último detalle las visitas. En Martín Códax, por ejemplo, tienen una variada oferta de productos que comienza con un recorrido por la bodega, pero que puede terminar en un paseo por la ría, en una jornada de vendimia o degustando un albariño en su magnífica terraza. Condes de Albarei aspira a convertir el pazo de Baión en un referente del enoturismo, «realizamos visitas a grupos reducidos, lo cual nos permite personalizarlas, adaptándolas al máximo al perfil del visitante», explica Alicia Martínez.
En una bañera de oro y cava
El vino ha pasado también a formar parte de la carta de tratamientos de los dos spa que forman parte de Rías Baixas. En el Augusta Spa Resort ofrecen una envoltura de vinoterpia, una bañera con oro y cava o un masaje a base de esencias de vino. Tratamientos que «aportan polifenoles, que son las sustancias que previenen el envejecimiento cutáneo», asegura Marisa Paulos, responsable del spa. En el Louxo, en cambio, realizan peelings a base de albariño o un masaje completo de hidratación con cremas de vinos. También tienen un paquete que incluye un recorrido por una empresa de albariño. Mención especial merece la apuesta de Lagar de Besada, una pequeña bodega que ha apostado por abrir un establecimiento de turismo rural justo al lado. Ofrecen a sus clientes «alojamiento en un sitio tranquilo, a diez kilómetros de la playa» y con la posibilidad de conocer muy de cerca el proceso de elaboración del albariño, explica David Ballesteros, propietario del negocio. Y en Nova Vila, un hotelito con mucho encanto, los jabones que regalan en las habitaciones están elaborados a base de vino.
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