El propietario del hotel Rotilio intenta mantener la filosofía de vida y trabajo que le inculcaron sus padres, quienes abrieron el primer local en la playa de Panadeira
22 ago 2009 . Actualizado a las 13:42 h.Cuando Rotilio apenas levantaba un metro del suelo, sus padres ya daban los primeros pasos en el mundo de la hostelería. La década de los cincuenta fueron tiempos difíciles en los que el sueldo de marinero de su padre no daba para vivir con holgura. La andadura que arrancaron ellos ha sido el modo de vida de sus hijos, Rotilio y Manuchi Bermúdez, y será posiblemente el de sus nietos.
De la casa familiar de Panadeira al edificio que se levanta hoy en el puerto deportivo han pasado muchos años y demasiadas horas de trabajo. «Hemos creado un monstruo del que somos esclavos», explica Rotilio, no sin reconocer que se trata de una esclavitud amable.
Desde la sexta planta del hotel se contempla todos los ángulos de la ría de Pontevedra. Ha sido testigo directo de la evolución de Sanxenxo. «Yo me acuerdo de jugar al fútbol enfrente de la casa de los marqueses de Patiño. Poníamos unas piedras como porterías y cuando pasaba un coche las movíamos», señala.
El valor sentimental del establecimiento es tan grande que ni un cheque que un empresario mexicano quiso poner sobre la mesa hace unos años fue suficiente. «Llegó a decirme que no sabía el dinero que podría ofrecerme, a lo que contesté que esto tiene un valor tasable que son las habitaciones, la rentabilidad del negocio, el fondo de comercio... pero hay otro que es el valor intrínseco que no hay dinero para pagarlo», sentencia Rotilio mientras aclara que nunca se sabe lo que puede pasar.
Ni cierra ni abre puertas al futuro. Solo tiene grabada una frase que siempre le decía su padre y que se repite cada día para seguir con los pies en la tierra. «Lo importante no es en qué punto estamos, sino dónde comenzamos. Si recuerdas la filosofía de dónde empezaste, te podrá ayudar en los momentos de bajada», explica. Desde que abrieron las puertas bajo el nombre de Rotilio, no han dejado de trabajar, aunque lo hicimos sin cartel durante muchos años. «No había mucho dinero y la mejor publicidad es el boca oreja, como decía mi padre, 'deixade que vaian falando'».
Tiempos duros
La primera incursión en el mundo de la hostelería fue alquilando tres habitaciones en la casa de la playa de Panadeiras, hoy su rincón favorito del pueblo, de ahí y con el viento a favor, la madre de Rotilio se hizo con otro piso para alquilar hasta que en 1961 cogieron la explotación del Náutico. «Tuvimos este trabajo hasta 1970 en que lo dejamos y en el 1973 compramos el edifico actual», señala.
A pesar de los altibajos que puede dar la hostelería, solo hubo un gran bajón que puso contra las cuerdas el hotel. Nunca pensó Rotilio que el cine le pudiese salvar el cuello a su familia como lo hizo.
«Entre el año 74 y 75 ya no aguantábamos más y estuvimos a punto de vender una planta del hotel, pero una película que vino a rodar Mario Camus nos permitió seguir abiertos». Durante todo el invierno tuvieron hospedados al equipo técnico y eso fue la bombona de oxígeno que necesitaban para seguir viviendo.
Recuerdos de la infancia
Presume de que el trato del hotel es siempre familiar. Hasta tal punto que algunas habitaciones tienen el nombre de sus huéspedes. «Entre nosotros conocemos la segunda planta como la de los Gil Casares», explica, aunque sus recuerdos de la infancia le llevan a seguir en contacto con algunos de los visitantes que se hospedaban en el primer local y todavía vienen hoy.
«Recuerdo una familia de Suecia que cuando yo era pequeño venía con un termo para calentar el biberón del bebé que aquí nunca habíamos visto. Se lo dejaron aquí un verano porque se había roto y lo utilizamos durante veinte años como florero», bromea, mientras recuerda a otros visitantes que durante años paraban en Rotilio porque su lema sigue siendo «que las vacaciones sean una prolongación de tu casa».