«La fábrica de Chavín marcó mi vida. Todo lo que fui lo aprendí allí»

A MARIÑA

Hijo de una «viuda de vivos», el viejo profesor describe con precisión algunos episodios decisivos de su biografía

29 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Don Ángel da gracias a Dios «y a la ciencia», que le salvó de varios trances; camina al menos cuatro kilómetros al día, «por prescripción facultativa»; y lee periódicos, folletos y todo lo que cae en sus manos, hace crucigramas y juega al ajedrez, «como terapia». Ángel Rodríguez Vázquez nació junto a la iglesia de Santa María, en Viveiro, hace 84 años. En realidad, es Don Ángel, el maestro de tecnología mecánica, un profesor algo anárquico, muy respetado, que permitía a sus alumnos consultar libros en los exámenes.

Don Ángel se crió en Valcarría, con su madre y su hermana. Su padre, pintor, que había pasado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, emigró a América en 1926. «Yo no le conocí, cuando se marchó tenía dos años y mi madre estaba embarazada de dos meses -relata-. Tuvimos noticias de él en 1932, por primera vez, y nunca supimos nada más».

La vida de Rodríguez Vázquez ha discurrido en Viveiro, con un lapso de tres años, «del 1 de enero de 1936 al 2 o el 3 de mayo de 1939». «Me fui a Madrid porque tenía un tío soltero allí, que se quería establecer; había preparando unas oposiciones que no aprobó, y mientras esperaba la siguiente convocatoria, fue mi madre a atender el negocio, una lechería. Mi hermana se quedó aquí con mi abuela», explica.

Repartiendo leche en Madrid

De los 11 a los 14 años, Ángel se dedicó a repartir leche por la ciudad, «desde Gran Vía hasta Cuatro Caminos, en tranvía y en metro». De aquel tiempo recuerda «los comienzos de la guerra, las huelgas, los jaleos por las calles...». Luego comenzó a trabajar en un taller mecánico. «Entré el día que cumplí 14 años, el taller estaba militarizado, lo administraba el Cuerpo de Carabineros y éramos dos pinches como personal civil. Atendía el mantenimiento de la flota de camiones de abastecimiento de la población civil», detalla.

Para aquel niño la guerra era «una diversión». «No pasé miedo, por inconsciencia... Vivíamos en la calle Antonio Grilo y, con otros niños, cuando oíamos los primeros disparos de las baterías que defendían la capital, en la plaza de España, nos íbamos cerca y nos tirábamos al suelo para ver cómo lanzaban los cañones». Las riñas de su madre caían en saco roto y al día siguiente, sin falta, se repetía la temeraria aventura.

Con el fin de la guerra, cuenta, su tío se colocó en la oficina central del Banco Hispanoamericano. Y él y su madre regresaron a Valcarría. De ahí data su relación con el complejo industrial Barro-Chavín, que duraría hasta la clausura de la fábrica. «Empecé trabajando como pinche de la oficina técnica, tenía 15 años, hacía los recados y cobraba 2,50 pesetas al día, un oficial de primera ganaba 12», evoca.

«Cuando entré y me dijeron que iba a la oficina técnica dije 'pero si yo no tengo idea de cómo se coge un lápiz'. 'Bueno, es el único sitio de la fábrica donde hay trabajo, si en tres meses no te adaptas, te vas y aprendes para zapatero'». A los tres meses, recalca, «¡ya no me iba de allí por nada del mundo! La fábrica marcó mi vida. Todo lo que fui lo aprendí allí». Desde Chavín estudió para perito industrial, «con dispensa de escolaridad», y se examinó en Vigo. Con apenas 20 años ascendió a director técnico de la empresa.

Más de 30 años dando clase

En Chavín vivió Don Ángel sus primeras experiencias como docente, en una escuela de formación profesional con 42 aprendices. En esas estaba cuando Francisco Vázquez Ramudo, director de la Escuela de Maestría (hoy IES María Sarmiento), le llamó para impartir clases en el centro. «La Ley de 1955 de modificación de la FP exigía tener un número mínimo de técnicos diplomados y en Viveiro solo había uno, Jesús Arosa», señala.

Pero a él no le parecía «ético» dejar la escuela de Chavín para irse a Viveiro. Al final, Vázquez Ramudo habló con el gerente de Chavín, la escuela de la fábrica se cerró y el joven profesor se integró en la Escuela de Maestría, donde ejercería durante 31 años, 26 de ellos como director del centro. Compaginó las aulas con la fábrica hasta 1981, cuando cerró. «El hecho de dirigir la parte técnica de Chavín me abría puertas en las empresas de alrededor, que me consultaban sobre los chavales», resalta.

A Rodríguez Vázquez siempre le ha gustado rodearse los jóvenes. «Son un estímulo. Yo conocí a un señor muy mayor que siempre nos decía 'al ver una buena cara, todos los santos se alegran'». Él sigue emocionándose cada vez que se topa con un ex alumno. «Los que tenían peor fama son los que me saludan con más aprecio», afirma.

El viejo profesor guarda especial recuerdo de Juan José Lorenzo Michelena, hoy profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Tras peregrinar por distintos colegios, acumulando fracasos, recaló en la Escuela de Maestría. Él mismo rememora, en el libro sobre el 75 aniversario del IES María Sarmiento, «a aquellos profesores que lograron estimular el interés por aprender». Y cita a Don Ángel, a quien agradece «la ilusión, sus consejos y el aliento».

«Muy mal no debimos hacerlo -opina Rodríguez Vázquez sobre su labor docente- porque los que dirigieron el centro después de mí, multiplicando mucho lo que yo dejé, fueron alumnos del centro y alumnos míos. Son dos grandes muchachos y competentes, (Néstor Timiraos y Juan José Pardo)».