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‘Mulholland Drive’: la atmósfera de una aberración sexual reprimida

En esta intrigante y demente película, la más distintiva y cuajada de David Lynch, lo que realmente importa es la atmósfera envolvente (o más bien mefítica) de turbiedad que envuelve todas y cada una de sus secuencias, marcando el apogeo de su onírico y desquiciado universo.

Por Juan Manuel de Prada

Viernes, 9 de junio 2023, 09:32

Con Mulholland Drive (2001), el onírico y desquiciado universo de David Lynch (n. 1946) alcanza su apogeo, en una suerte de gloriosa combustión, para inmediatamente ingresar en pasadizos de sombra de los que ya nunca ha retornado. Resulta interesante seguir el hilo a la filmografía lynchiana, sostenida sobre una tensión entre contrarios durante muchos años: como si Lynch, para contener o controlar los demonios oscuros que asoman en películas tan tortuosas como Cabeza borradora, Terciopelo azul o Carretera perdida necesitase el contrapeso periódico de películas de factura más clásica o aquietada, como El hombre elefante o Una historia verdadera; y como si, al romperse ese juego, su mundo interior hubiese entrado en una suerte de acelerada putrescencia, sin más destino que la inanidad o el abismo. Así le ha ocurrido a Lynch después de Mulholland Drive, que ya sólo ha rodado un largometraje (el árido y asfixiante Inland Empire), para después languidecer en diversas empresas creativas de chichinabo.

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Tal vez a Lynch le haya ocurrido que su arriesgado merodeo del infierno acabó socarrándolo y calcinando su originalidad. En Mullholand Drive logra su ... película más distintiva y cuajada (en reñida competencia con Terciopelo azul) y tal vez su más sincero (por mendaz, pues en el arte de Lynch hay siempre algo de pacotilla rebuscada y superferolítica) testamento artístico. La película fue en un principio concebida como un episodio piloto para una serie que anhelaba reverdecer los laureles cosechados por Twin Peaks; pero la propuesta no convenció a los prebostes televisivos, que la vieron demasiado enrevesada y escabrosa. Durante un par de años, Mulholand Drive se quedó arrumbada en el desván de los proyectos imposibles, mientras su director urdía un desenlace que diese una explicación plausible al hormiguero de pistas y despistes que había desperdigado en su trama. Cuando por fin halló la financiación necesaria, Lynch se lanzó a rodar ese desenlace, tal vez un poco insatisfactorio si lo comparamos con la inquietud por momentos acongojante que alcanza la película en su tramo principal; pero, como bien se sabe, la exposición de un misterio es mucho más sugestiva que su resolución, por lo general mecánica.

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