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'Barrabás', la aventura espiritual del vigoroso Anthony Quinn

Aventura espiritual desgarradora que es una condensación de angustia existencial, soledad trágica y ansias desaforadas de fe. Contiene, además, una mezcla de estrellas internacionales como Anthony Quinn, Ernest Borgnine, Katy Jurado o Jack Palance y grandes actores italianos como Silvana Mangano y Vittorio Gassman.

Juan Manuel de Prada

Viernes, 15 de diciembre 2023, 10:20

Cuando leemos Barrabás (1950), la novela del sueco Pär Lagerkvist (1891-1974), inmediatamente pensamos que está reclamando a gritos una adaptación cinematográfica de Ingmar Bergman, tal es su condensación de angustia existencial, soledad trágica y ansias desaforadas de una fe que el protagonista nunca alcanza. La novela de Lakervist, muy breve y sustancial, narra sobre todo una aventura de la conciencia protagonizada por el célebre malhechor que fue liberado a petición del populacho que se congregaba ante el pretorio cuando Poncio Pilato le concedió la posibilidad de liberar a Cristo. Barrabás es presentado por Lagerkvist como un hombre rudo que, aunque no logra aceptar la divinidad de Cristo, admira su sacrificio y se siente indigno de la vida que le ha sido regalada, a costa de la muerte del otro; sus días, a partir de entonces, estarán fustigados por el remordimiento.

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Silvana lapidada. Silvana Mangano interpreta a Raquel, la prostituta amante de Barrabás que se convierte al cristianismo. La secuencia de su lapidación es impactante. Aquí, la actriz junto con Anthony Quinn.

Parecía complicado convertir una aventura espiritual tan desgarradora en un peplum vigoroso como el que una década más tarde nos brindaría Richard Fleischer (1916- ... 2006), un cineasta nunca demasiado valorado, tal vez por proceder de la serie B y haberse movido siempre en esa categoría difusa que denominamos, casi siempre despectivamente, “cine de género”. Fleischer, que se había revelado como un notable realizador noir a finales de los cuarenta con una serie de películas de muy rácano presupuesto, vivaces y expeditivas, había dado unos años antes el salto hacia producciones más ambiciosas, entre las que destacan las más desenfadadamente aventureras, como 20.000 leguas de viaje submarino (1954) o Los vikingos (1958). Sin duda el productor Dino de Laurentiis valoró las condiciones de Fleischer cuando decidió encomendarle la adaptación de la novela de Lagerkvist, que pretendía mantener el aroma existencialista del original, pero envuelto en una briosa y trepidante envoltura que garantizara su comercialidad. No era una empresa sencilla; pero Fleischer la solventó de forma sobresaliente, como esa humildad artesanal que sólo poseen los cineastas de gran talento, pese a que el protagonista (Anthony Quinn) no era, desde luego, de los que arrebataban el aliento a las adolescentes, ni poseía el físico de un gladiador (oficio al que el protagonista terminará dedicándose, después de mucho rodar en pos de su destino).

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