Cinelandias

'Ciudadano Kane', la deslumbrante megalomanía de Orson Welles

Orson Welles realiza una reflexión descarnada sobre la naturaleza del poder con el retrato del magnate protagonista, un demagogo caprichoso y manipulador lleno de claroscuros que lo hacen a la vez fascinador y repelente.

Por Juan Manuel de Prada

Viernes, 10 de noviembre 2023, 09:57

En su poco benigna recensión de Ciudadano Kane (1941), Jorge Luis Borges afirma que el espectador, después de que Orson Welles (1915-1985) le exhiba fragmentos desordenados de la vida del protagonista, a la postre descubre que tales fragmentos «no están regidos por una secreta unidad», lo que convierte la película en un «laberinto sin centro». Pero lo cierto es que Ciudadano Kane, que tal vez sea en efecto un laberinto, hace girar concéntricamente todos sus pasadizos y revueltas en torno a un mismo centro; si se quiere secreto, recóndito, incluso inaprensible, pero centro a fin de cuentas. Podemos aceptar calificar tal centro, al modo hitchcockiano, de 'McGuffin', incluso de coartada que el genio zangolotino de Welles aprovecha para abrumarnos con sus primores formales y estilísticos (que Borges califica de «gigantismo» y «pedantería»); pero tal centro o verdad íntima sin duda existe.

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A Borges esta verdad íntima y misteriosa de la película se le antojaba «de una imbecilidad casi banal»; pero quien demuestra tal dolencia —siquiera en ... su averiada comprensión de Ciudadano Kane— es el propio Borges, incapaz de penetrar en la sublime poesía que se oculta detrás de 'Rosebud', esa palabra que se repite a lo largo de toda la película, a modo de conjuro; no entiende que todo lo que Kane es o hace –y lo que niega ser, lo que pretende ser, lo que oculta ser, como lo que niega, pretende u oculta hacer— no es sino un afán trágico por negar su más íntima verdad. Y que todos sus desvelos por dominar el mundo a través de la prensa, la política o las mujeres no son sino aspavientos de farsante con los que trata de anestesiar una herida muy honda, que nace de la infancia que le ha sido usurpada y de los afectos que no pudo disfrutar cuando su alma se estaba modelando. Tal vez la incomprensión borgiana es muy sintomática del raquitismo afectivo en que siempre vivió inmerso el autor de El Aleph.

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